Ayer, alguien me contó que le cancelaron la línea telefónica por no registrar sus datos biométricos ante el operador. Minutos antes, esa misma persona había subido su fotografía al trend de los años ochenta: un filtro de IA que envejece el rostro, sin pensarlo dos veces. La anécdota parece menor. No lo es.
Esta paradoja, confiar los rasgos del rostro a una aplicación recreativa y negarse a inscribirse ante una institución pública, no es irracionalidad. Es el síntoma más claro de nuestro tiempo: valoramos la recompensa inmediata, pertenecer, entretenernos, existir en la conversación digital; por encima de riesgos que son abstractos, invisibles y diferidos en el tiempo.
El fenómeno tiene nombre en la psicología conductual: resignación digital, surge cuando las personas concluyen que ya perdieron el control de sus datos y que, por tanto, entregar uno más no cambia nada; “Facebook ya tiene todo de mí”, escucho con frecuencia. El argumento parece pragmático, pero no lo es, porque la privacidad no funciona como una puerta que se abre o se cierra: funciona como capas acumulativas de información. Cada nuevo dato permite perfilar mejor a una persona, inferir hábitos, predecir conductas e influir en decisiones. No se trata de una fotografía aislada, se trata de la arquitectura que esa fotografía contribuye a construir.
Durante años, la conversación sobre protección de datos giró en torno al fraude, al robo de identidad, al secuestro, esos riesgos existen. pero el verdadero valor comercial de los datos personales hoy está en la vigilancia conductual, la publicidad hiperpersonalizada y el perfilamiento predictivo. El riesgo ya no es sólo que sepan quién eres: es que puedan predecir lo que harás, influir en lo que piensas y moldear tus decisiones de consumo, de opinión y de participación política; cuando alguien decide por ti sin que lo notes, ya no se trata de privacidad: se trata de autonomía.
Y ahí donde el argumento de la privacidad se vuelve insuficiente, entra la desconfianza institucional, la señora que prefirió perder su línea antes que registrarse no lo hizo por ingenuidad tecnológica, lo hizo porque tiene evidencia acumulada, experiencias propias o ajenas de filtraciones, de mal uso de información, de ausencia de consecuencias para los responsables, de que el Estado no ha demostrado ser un custodio confiable de sus datos. ¡Y tiene razón! en parte. La solución no es convencerla de confiar, es construir los mecanismos que hagan esa confianza posible: rendición de cuentas real, sanciones efectivas, transparencia en el tratamiento de la información pública.
Por eso a la conversación de hoy es urgente incorporar al debate ciudadano los conceptos que definen esta era: autonomía digital, neuroderechos, transparencia algorítmica, gobernanza de datos y concentración del poder informacional, porque no son términos técnicos reservados a especialistas. ¡Deberían de ser el nuevo vocabulario de la ciudadanía!
La pregunta que debemos hacernos no es si compartimos demasiado, es ¿quién decide qué pueden hacer con lo que compartimos? y a quién le rendimos cuentas cuando esa decisión nos daña.
Yad. C. Tagle