Publicar una fotografía, en nuestras redes sociales, no parece gran cosa, es de hecho una tarea cotidiana.
Elegirla, corregir la luz, aplicar un filtro y luego el click enviarla al público que la verá, tras lo cual empieza otro proceso, comenzamos a mirar quién la vio, quién reaccionó, quién dejó un comentario y, quizá tomar en cuenta quién no lo hizo.
Es nuestro día a día y sin embargo hay mucho qué ver, para empezar, ¿cuánto de lo que mostramos en las redes sociales somos realmente nosotros? y también ¿cuánto corresponde a la versión de nosotros que queremos que los demás vean?
Las redes sociales no inventaron la necesidad humana de reconocimiento. Mucho antes de que existieran Instagram, Facebook o TikTok, las personas ya nos preocupábamos por la manera en que los demás nos percibían. El sociólogo canadiense Erving Goffman explicó, desde mediados del siglo XX, que buena parte de la vida social puede entenderse como una representación: presentamos determinadas versiones de nosotros mismos dependiendo del contexto, de las personas que nos observan y de la impresión que queremos generar.
La diferencia es que antes esa mirada tenía límites. Hoy puede ser permanente y viral.
Una fotografía puede ser observada por decenas, cientos o miles de personas. Una opinión puede permanecer disponible durante años. Una imagen puede recibir aprobación o rechazo en cuestión de minutos. Y nuestra representación de nosotros mismos puede convertirse en un archivo digital que acompaña nuestra identidad mucho después de que nosotros hayamos cambiado.
Si bien la tecnología no creó la necesidad de ser aceptados, lo cierto es que convirtió el reconocimiento social en algo visible, cuantificable y constante.
Ahora podemos saber cuántas personas vieron nuestra fotografía, cuántas reaccionaron, cuántas comenzaron a seguirnos y, en algunos casos, incluso cuánto tiempo permanecieron observando aquello que publicamos. La mirada de los demás dejó de ser una sensación abstracta y ahora tiene números.
El problema es que esos números, esas reacciones que vemos en las redes sociales, pueden convertirse en una forma de evaluación personal.
El psicólogo social Leon Festinger propuso en 1954 la teoría de la comparación social, según la cual las personas tenemos una tendencia natural a evaluarnos a nosotros mismos comparándonos con los demás. Las redes sociales llevaron este mecanismo a una escala que Festinger difícilmente habría podido imaginar: ahora podemos observar, prácticamente en tiempo real, cómo viven otras personas y compararnos con ellas en aspectos tan diversos como la belleza, el éxito, el dinero, los viajes, las relaciones, el trabajo, la familia, la juventud o el cuerpo.
La investigación contemporánea ha comenzado a demostrar las consecuencias de esta exposición permanente. En 2017, un estudio con 696 participantes encontró que la comparación social ascendente (compararnos con personas que percibimos como mejores o más exitosas), y la autoestima funcionaban como mecanismos que vinculaban el uso de redes sociales con el bienestar subjetivo.
El problema es que normalmente no comparamos nuestra vida completa con la vida completa de otra persona. Comparamos nuestra realidad cotidiana con una versión cuidadosamente seleccionada de la vida de alguien más.
Vemos sus vacaciones, pero no sus preocupaciones. Su ascenso, pero no sus fracasos. Su relación perfecta, pero no sus conflictos. Su fotografía cuidadosamente producida, pero no las veinte que descartó antes de publicarla. Y aun así, nuestro cerebro puede utilizar esa imagen como referencia para evaluarnos.
Las investigaciones contemporáneas ha comenzado a documentar las consecuencias de esta dinámica. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2025 reunió 83 estudios y 55,440 participantes para analizar la relación entre comparación social en redes, imagen corporal y conductas alimentarias. Los investigadores encontraron una asociación significativa entre una mayor comparación social en línea y mayores preocupaciones relacionadas con la imagen corporal.
Ya no solamente nos preguntamos cómo somos, sino cómo nos vemos ante los demás. Cuando comenzamos a observarnos desde la mirada de una audiencia, incluso nuestras experiencias pueden convertirse en una puesta en escena: ya no solo disfrutamos una comida, pensamos cómo se verá en una fotografía; ya no solo viajamos, pensamos qué imagen proyectará ese viaje.
Tenemos más herramientas que nunca para expresar quiénes somos, pero también más incentivos para convertirnos en aquello que creemos que los demás quieren ver.
Ahí aparece uno de los riesgos de la vida digital: confundir visibilidad con identidad. Ser visto no significa ser conocido, tener seguidores no significa tener vínculos y recibir aprobación no significa sentirse valioso.
Las redes pueden mostrarnos cuántas personas están mirando, pero ninguna plataforma puede decirnos quiénes somos. Esa respuesta sigue siendo nuestra.
Teresa González Corona