Cada año, conforme agosto comienza a despedirse y septiembre aparece en el calendario, México se prepara para reencontrarse con uno de los episodios fundamentales de su historia: el inicio de la lucha por la Independencia. Las calles se visten de verde, blanco y rojo; las plazas públicas se preparan para la ceremonia del Grito y los nombres de Hidalgo, Rayón, Morelos, Allende y Josefa Ortiz de Domínguez, vuelven a escucharse. Sin embargo, quizá sea momento de preguntarnos cuánto conocemos realmente de quienes hicieron posible el nacimiento de nuestra nación.
El Mes de la Patria debería ser mucho más que una sucesión de ceremonias, banderas, fuegos artificiales y celebraciones populares. Septiembre representa una magnífica oportunidad para regresar a los libros y, particularmente, a las biografías de las mujeres y los hombres que participaron en el movimiento de Independencia. Conocer sus vidas nos permite comprender que detrás de las estatuas de bronce existieron seres humanos con ideales, contradicciones, temores, convicciones y una extraordinaria capacidad para arriesgarlo todo por una causa que consideraron justa.
Miguel Hidalgo y Costilla no es únicamente el sacerdote que hizo sonar una campana en Dolores la madrugada del 16 de septiembre de 1810. Fue un hombre formado intelectualmente, interesado en las ideas de su tiempo y preocupado por las condiciones en que vivían amplios sectores de la población. José María Morelos tampoco puede reducirse a la imagen del militar con un pañuelo en la cabeza. En los Sentimientos de la Nación dejó plasmada una concepción política que hablaba de independencia, soberanía popular, igualdad y moderación de la pobreza y la opulencia.
Lo mismo ocurre con Ignacio López Rayón, un abogado, que se integró a este movimiento de insurgencia, y como es que el derecho y las leyes se vieron inmersas entre los cañones y las balas, su legado constitucional tan importante.
Al igual que Ignacio Allende, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria, Mariano Matamoros, Nicolás Bravo, Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez y tantos otros protagonistas. Sus historias personales permiten entender que la Independencia no fue obra de un solo hombre ni resultado de una sola batalla. Fue un proceso largo, complejo y doloroso, construido por personajes de distintas regiones y condiciones sociales, pero también por miles de mexicanos cuyos nombres jamás quedaron registrados en los libros.
Retomar las biografías tiene además una enorme importancia para las nuevas generaciones. Durante años, la enseñanza de la historia ha corrido el riesgo de convertirse en una colección de nombres y fechas que los estudiantes memorizan para aprobar un examen y olvidan poco después. Una biografía bien contada puede hacer exactamente lo contrario: acercar al lector al personaje, mostrarle sus decisiones, explicar las circunstancias de su época y permitirle comprender por qué alguien estuvo dispuesto a abandonar la comodidad, enfrentar la persecución e incluso entregar la vida por sus ideales.
También es necesario recuperar la presencia de las mujeres insurgentes. Josefa Ortiz de Domínguez y Leona Vicario son los nombres más conocidos, pero la participación femenina fue mucho más extensa. Mujeres de diferentes condiciones sociales actuaron como mensajeras, informantes, financiadoras, propagandistas y colaboradoras de los ejércitos insurgentes. Volver a sus historias significa construir una memoria nacional más completa y reconocer que la libertad mexicana tuvo muchas manos y muchos rostros.
Leer biografías tampoco significa convertir a nuestros héroes en personajes perfectos. Por el contrario, conocerlos verdaderamente implica reconocer sus aciertos y errores, sus diferencias y contradicciones. Humanizarlos no disminuye su grandeza; nos ayuda a comprender mejor la dimensión de sus decisiones. La historia resulta más valiosa cuando deja de ser un altar intocable y se convierte en una conversación permanente entre el pasado y el presente.
Hoy, cuando la información circula a una velocidad extraordinaria y nuestra atención se concentra con frecuencia en lo inmediato, recordar de dónde venimos adquiere especial relevancia. Una sociedad que desconoce su historia corre el riesgo de perder referentes indispensables para comprender su presente. La Independencia no debe observarse como un acontecimiento remoto, sino como el origen de muchas de las aspiraciones que todavía forman parte de nuestra vida pública: libertad, soberanía, justicia, igualdad y dignidad.
Por eso, ante la cercanía de septiembre, valdría la pena proponernos algo más que colocar una bandera en casa o asistir a la ceremonia del Grito. Volvamos a las biografías de quienes construyeron la Independencia. Padres, maestros, estudiantes, instituciones culturales y medios de comunicación podemos contribuir a recuperar esas historias y llevarlas nuevamente a la conversación cotidiana.
Celebrar a México también significa conocerlo. Y conocerlo exige mirar hacia atrás para entender cuánto costó construir una nación independiente. Este septiembre, cuando escuchemos nuevamente los nombres de nuestros héroes, procuremos que no sean solamente nombres pronunciados por tradición. Recordemos quiénes fueron, qué defendieron, qué sacrificaron y por qué decidieron luchar.
Porque un país que conoce la vida de quienes conquistaron su libertad no solamente honra su pasado: encuentra en él razones para comprender su presente y elementos para construir su futuro. La patria también se fortalece leyendo su historia.
Dr. Octavio Martínez Camacho
Abogado Penalista Socio del Despacho HMSC.