México se independizó formalmente en 1821, tres siglos después de la caída de Tenochtitlan y poco más de dos siglos detrás del día de hoy. Si bien la historia de nuestros ancestros, tanto indígenas como europeos, es larga, nuestro país es considerado relativamente joven, especialmente si lo comparamos con algunas de las primeras civilizaciones, como Persia y Grecia, que siguen existiendo hasta el día de hoy. Pero, de igual manera y sorprendentemente, México es un país más viejo que muchos países que podriamos pensar que son de antaño, como Alemania, Irlanda e incluso Italia.
Y este último caso es el que vamos a analizar en la columna de hoy: ¿cómo es posible que una zona geográfica que albergó a una de las cunas de la civilización occidental tenga un Estado nación más joven que México?
Los orígenes inician con el colapso del Imperio romano de Occidente. A partir de ese momento, pasaron siglos hasta que la península itálica se pudiese reunificar bajo una sola bandera y, culturalmente, también.
El mayor ejemplo es lingüístico: durante los últimos siglos de Roma como corazón del imperio, ya existía una división entre el latín administrativo, clerical y literario (latín clásico) y el latín que se hablaba todos los días (latín vulgar). Sin embargo, durante el colapso, varios grupos bárbaros ocuparon las tierras desde Hispania hasta Iliria, y de Sicilia hasta Galia, provocando una mezcla entre los lenguajes bárbaros y el latín vulgar que dio como resultado las lenguas romances que se hablan hoy.
Estos fenómenos culturales pueden encontrarse en todas las zonas que dejó atrás Roma. La pérdida de conexión entre las antiguas provincias del imperio provocó desarrollos independientes que permitieron el florecimiento de nuevas tradiciones, etnias e identidades durante el nuevo mundo medieval, e Italia no fue la excepción.
En los inicios del medievo, Italia se convirtió en un gigantesco campo de batalla entre una plétora de contendientes, como los ostrogodos, lombardos, francos, normandos, bizantinos e incluso, durante un tiempo, los árabes, quienes tomaron control de la isla de Sicilia y partes del sur de la península; todos buscando afianzar su control sobre el simbólico corazón del mundo occidental.
Esto resultó en una vibrante colección de culturas, cada una con sus propias tradiciones, idiomas, religiones (sobre todo en el sur de Italia), rasgos fisiológicos y formas de gobierno. Las diferencias eran tan grandes que era prácticamente imposible para un siciliano del sur comprender a un genovés del norte; esto ocurriendo en una distancia similar a la que existe entre Ciudad de México y Monterrey.
Pero igual que en el imperio de antaño, el lenguaje de los sectores académicos y clericales seguía siendo el latín, que es donde entran Giovanni Boccaccio, Francesco Petrarca y, el más importante de todos, Dante Alighieri. Por primera vez en la historia posclásica de Italia, durante el siglo XIV, tres escritores eligieron un dialecto local (el florentino) para escribir sus más grandes obras, destacando por encima de todas La Divina Comedia, probándole a la sociedad la capacidad inherente del idioma para expresarse en temas científicos, filosóficos, religiosos y académicos con alto refinamiento, sentando las bases para el lenguaje italiano como lo conocemos el día de hoy.
En el frente político, nada realmente cambió hasta que las transformaciones causadas por las guerras napoleónicas y las primeras olas de nacionalismo en el mundo occidental se sintieran en la península itálica.
A través de una serie de guerras, estratagemas, revoluciones y presiones diplomáticas, la Casa de Saboya del Reino de Piamonte-Cerdeña finalmente unificó la península, culminando en 1870 con la entrada del rey Vittorio Emanuele II a Roma, quitándole la gobernanza de la ciudad al papa y restaurando a la metrópolis ancestral como la capital de facto del recién creado Reino de Italia al año siguiente.
Décadas tuvieron que pasar para que el proceso de seleccionar un idioma, enseñarlo universalmente en las escuelas de la península y adoptar una identidad nacional finalmente se llevase a cabo, igual que como sucedió en la temprana historia de México.
Tomando todo esto en cuenta, podemos notar cómo las apariencias engañan y la historia no es una excepción: medio siglo después de la fundación de nuestro país por fin nace la Italia unificada como la conocemos; no como república, sino como un reino cuya esencia sigue viva hasta el día de hoy.
Rolan Haroldo Sánchez González