La IA y la construcción de nuestra memoria
Somos probablemente la generación que más rastros dejará de su existencia. Tenemos fotografías, correos electrónicos, mensajes, videos, publicaciones en redes sociales, documentos digitalizados, podcasts, bases de datos, libros electrónicos, expedientes y páginas web. Cada día producimos una cantidad de información sobre nosotros mismos y sobre nuestro tiempo que habría resultado inimaginable para cualquier sociedad anterior.
Parecería, entonces, que tenemos garantizado un lugar en la memoria del futuro. Pero no necesariamente será así. Existe una diferencia fundamental entre dejar información y ser recordados.
Si dentro de cien años alguien quisiera comprender cómo era nuestra época, saber qué nos preocupaba, qué discutíamos, cómo nos relacionábamos, qué creíamos o cómo entendíamos la vida, tendría frente a sí una cantidad extraordinaria de información. Quizá demasiada.
Para procesarla es probable que tenga que recurrir a la inteligencia artificial (IA), ¿qué parte de nuestra historia encontrará, seleccionará y mostrará?
El sociólogo francés Maurice Halbwachs, uno de los grandes estudiosos de la memoria durante el siglo XX, desarrolló el concepto de memoria colectiva, su planteamiento cambió la manera de entender el recuerdo: incluso aquello que consideramos una experiencia individual se reconstruye dentro de determinados marcos sociales.
Recordamos desde el presente y desde los grupos a los que pertenecemos. Las sociedades hacen algo semejante: no conservan todo su pasado con la misma intensidad. Seleccionan acontecimientos, personajes, fechas y relatos a los que atribuyen significado.
El historiador Pierre Nora fue más allá al estudiar los lugares de memoria: archivos, museos, monumentos, conmemoraciones y símbolos mediante los cuales una sociedad preserva aquello que considera digno de permanecer. Y Jacques Derrida, en “Mal de archivo”, introdujo una cuestión todavía más incómoda: el archivo también está relacionado con el poder. Quien conserva, organiza y clasifica los documentos interviene, de alguna manera, en las posibilidades futuras de conocer el pasado.
Así durante siglos esa tarea correspondió fundamentalmente a seres humanos e instituciones: historiadores, cronistas, bibliotecarios, periodistas, universidades, archivos, museos y editoriales. Ahora la IA es un nuevo intermediario.
Y ante millones de documentos, fotografías, videos, publicaciones y registros que nuestra generación habrá dejándola necesidad de herramientas capaces de localizarlos, clasificarlos, relacionarlos y resumirlos, será fundamental.
La IA puede ser extraordinariamente útil para hacerlo. Pero precisamente ahí aparece el dilema.
Seleccionar implica jerarquizar. Resumir implica excluir. Clasificar implica establecer categorías, así los sistemas mediante los cuales accedamos a cantidades inmensas de información podrán convertirse en mediadores de nuestra relación con el pasado. Y los mediadores nunca son irrelevantes.
Durante siglos uno de los grandes problemas de la humanidad fue evitar que el pasado desapareciera: documentos destruidos, bibliotecas incendiadas, cartas perdidas, fotografías deterioradas, testimonios que murieron con quienes podían contarlos. Ahora podemos enfrentarnos al problema contrario. Durante siglos temimos perder el pasado por falta de documentos; quizá en el futuro tengamos que encontrarlo entre demasiados.
Teresa González Corona