Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirarnos por dentro. Esta es una de ellas: ¿De verdad puede transformarse la justicia?
Durante mucho tiempo hemos hablado de reformas, nuevos códigos, tecnologías, capacitación, oralidad, perspectiva de género, interculturalidad y justicia digital. Cambiamos procedimientos, estructuras y hasta la manera de nombrar las cosas. Pero la transformación más difícil no ocurre en las leyes ni en los edificios, ni en las instituciones: ocurre en las personas.
Porque podemos tener instituciones modernas y conservar prácticas antiguas. Podemos digitalizar un expediente y seguir tratando con indiferencia a quien espera una respuesta. Podemos escribir una sentencia impecable jurídicamente y, sin embargo, incomprensible para la persona cuya vida estamos resolviendo.
Entonces, ¿qué significa transformar la justicia?
Significa recordar que detrás de cada número de expediente existe una historia de carencia, de miedo, de pérdida. Una madre que espera volver a ver a sus hijos. Una mujer que busca salir de la violencia. Una persona indígena que necesita ser escuchada desde su lengua, su cultura y su propia manera de comprender el mundo. Una familia que lleva años esperando una decisión. Una víctima que necesita algo más que palabras jurídicas: necesita respuestas.
La justicia comienza a transformarse cuando dejamos de integrar y resolver expedientes y volvemos a mirar personas.
Pero también exige algo que pocas veces mencionamos: cuestionarnos a nosotros mismos.
Quienes impartimos justicia debemos preguntarnos si nuestras decisiones son entendibles, si escuchamos suficientemente, si nuestros prejuicios deciden por nosotros sin darnos cuenta, si utilizamos el poder que nos fue confiado para acercar la justicia o para levantar nuevas barreras.
Transformar no significa destruir todo lo anterior. Significa conservar lo que funciona y tener la valentía de cambiar aquello que ya no responde a la sociedad.
La tecnología será indispensable. La inteligencia artificial modificará muchas de nuestras herramientas. Los nuevos modelos procesales cambiarán nuestra forma de trabajar. Pero ninguna innovación podrá sustituir aquello que constituye la esencia de la función judicial: la capacidad humana de escuchar, comprender y decidir con independencia, conocimiento, pero sobre todo con sensibilidad.
Por eso creo que la transformación de la justicia no llegará únicamente desde una reforma constitucional ni desde un decreto. Se construye todos los días: en una audiencia que comienza puntualmente, en una explicación sencilla, en una sentencia clara, en el respeto a quien piensa diferente y en la capacidad de reconocer que la justicia también debe aprender de las comunidades a las que sirve.
¿Puede entonces transformarse la justicia?
Sí. Pero no por decreto.
Se transforma cuando cambia nuestra manera de ejercerla.
Cuando entendemos que la autoridad no nos coloca por encima de las personas, sino al servicio de ellas.
Y quizá ahí se encuentre el verdadero desafío de nuestro tiempo: construir una justicia más moderna sin volverla distante; más eficiente sin hacerla fría; más tecnológica sin perder humanidad.
Porque las instituciones cambian cuando cambian las personas que las integran.
Y cuando eso ocurre, la transformación deja de ser discurso y comienza a sentirse en la vida de la gente.
Entre la justicia y el corazón, sigo creyendo que transformar la justicia es posible. Pero para hacerlo, primero tenemos que atrevernos a transformarnos nosotros