Por los años 70 del siglo pasado, en Melchor Ocampo existía una familia en la cual los hijos varones tenían cierta discapacidad intelectual. Su madre, de nombre María de la Luz, decía que a sus tres hijos los habían hechizado, el pueblo los apodó como Chizados. Fueron tres, de nombres: Félix, Juan y Francisco Cano, este último mejor conocido como Pancho.
Ninguno aprendió a leer ni escribir, pero eran muy trabajadores; no obstante, y como siempre ha existido gente maldosa, los alquilaban para la cosecha del maíz o colados, y les daban bebidas embriagantes y no les pagaban. Tenía que ir doña Luchita o Elena, su hermana, a reclamar el pago.
Un día, se les unió otro personaje de nombre Salomón Pérez. Juntos, eran el alma de las fiestas de las aproximadamente 16 mayordomías que se organizan hasta la fecha a lo largo del año, que, por cierto, el mismo pueblo le puso el mote de San Miguel de los Banquetes. Era común que los cuatro se alternaran para bailar las mojigangas en las festividades; incluso, Pancho interpretaba el papel de Judas Iscariote en la conmemoración de la Semana Mayor.
Los Chizados no supieron lo que era la moda, vestían de ropa regalada; incluso Félix nunca usó zapatos. Juan era el que mejor vestía, que hasta sombrero usaba, Pancho era toda una celebridad, pantalón zancón, de cinturón, un lazo donde portaba un celular descompuesto que, con él, según hablaba con Calderón, usaba camisolas de la extinta Luz y Fuerza, pero los domingos se ponía su camiseta de su equipo de futbol local favorito, que era el Alianza.
Son innumerables las anécdotas de Pancho; citaremos dos. Una fue estando en el campo deportivo, ahí le dijeron: “Ve por la botella, llévate la bicicleta”; se la llevó como a 200 metros de ahí, pero empujándola porque no sabía manejarla.
La segunda fue en la festividad de San Antonio, en un lunes de tornafiesta donde hay certamen de bandas de música clásica; él, con una varita como batuta, dirigía. El mayordomo le dijo: “Mira, ve y toca las campanas cuando yo te diga; lo que pasa es que la banda iba a interpretar la obertura 1812 de Tchaikovsky”. Pancho obedeció, pero se fue hasta el templo del arcángel Miguel, como a diez cuadras; era claro que el sacerdote no se lo permitiría.
Los Chizados no conocieron la pobreza, aunque vivieron inmersos en ella, incluyendo a Salo, no supieron lo que era angustia, soledad o tristeza; para ellos todo era fiesta y alegría.
José Antonio Sánchez Domínguez. AMECRON