Un aspecto cíclico en la vida de casi todos los seres humanos es la nostalgia, la añoranza por tiempos pasados “cuando los días eran buenos, no como hoy”. Pero un aspecto marcado de esta nostalgia es que tendemos a recordar únicamente aquellas cosas que eran buenas, y no las faltas o carencias de su momento; esto era tan verdad hace 2500 años como lo es hoy.
Un aspecto del romanticismo que existe alrededor de la república y el imperio romanos es que, dada la extensión territorial de su apogeo, que se extendía desde Inglaterra hasta Siria y desde Marruecos hasta Crimea, esta era una entidad inevitablemente multicultural, razón por la que muchos infieren que Roma carecía de valores racistas y era más bien una entidad socialmente inclusiva bajo estándares modernos.
La realidad es que la xenofobia estaba altamente arraigada durante toda la historia de Roma, empezando por el simple término de “bárbaros” adoptado desde los griegos; esto ya calificaba de forma peyorativa a todos aquellos que no se encontrasen dentro de las fronteras romanas e, incluso, a aquellos que se encontrasen dentro pero no estuviesen “romanizados”. A continuación, exploraremos tres ejemplos de diferentes épocas del imperio romano que retratan este hecho.
Durante la época de la república romana, en el 42 a.C., según un relato de Plutarco y Apiano, poco antes de la Batalla de Filipos, los hombres romanos bajo el mando de Marco Junio Bruto se encontraban abriendo las puertas de su campamento en una acción rutinaria; estos se encontraron de frente con un hombre etíope, que por su color de piel y dado que el color negro era considerado un mal augurio en las creencias latinas, decidieron matarlo con sus espadas al instante.
A partir de la conquista de Galia a manos de Julio César y la subsecuente romanización de la región por parte del imperio romano, estos utilizaban la diferencia de prendas inferiores como motivo de mofa entre los habitantes de la región; los romanos considerando el uso de la toga como símbolo de masculinidad y civilización frente al barbárico uso de pantalones. Este argumento llegó a tener tanta prominencia que dividían la nueva provincia en: Galia Togata (la que usaba toga) y Galia Braccata (la que usaba pantalones). Al final, por su practicidad, esta prenda fue adoptada a través del imperio, pero no sin resistencia, ya que en el siglo IV llegó a haber un intento de prohibición del pantalón, bajo la pena de exilio.
Y, por último, casi mil años después, en el siglo XII dentro del Imperio Romano de Oriente, nos encontramos con el relato de Ana Comnena, La Alexiada, en donde en repetidas ocasiones habla peyorativamente de los habitantes del mundo occidental, a quienes denomina como “francos” o “celtas”, refiriéndose a que la traición, codicia, avaricia y violencia eran rasgos inherentes a su naturaleza, ejemplificado en el siguiente extracto: “Los condes francos son naturalmente descarados y violentos, naturalmente codiciosos de dinero también, y desmesurados en todo lo que desean, y poseen un flujo de la lengua (arrogancia) mayor que cualquier otra raza humana…”.
Como podemos ver, resulta imposible juzgar una cultura ancestral bajo los estándares sociales contemporáneos; lo cierto es que los romanos como sociedad eran muy abiertos a aprender lecciones de sus oponentes, pero esto tampoco significaba que fuesen xenófilos inclusivos. Al contrario, esto demuestra cómo en la larga historia de Roma, el carácter xenofóbico no se perdió hasta el fin de sus días, pero también resultaría ridículo esperar que actuasen con la tolerancia de nuestros tiempos, cosa que era prácticamente inexistente alrededor del globo durante la época.
Rolan Haroldo Sánchez González