En Occidente, principalmente reconocemos como el inicio de la cristiandad oficializada el momento en el que el Imperio romano convirtió a esta en su religión oficial de Estado, con el Edicto de Tesalónica en el año 380 d.C. Pero sorprendentemente, décadas antes que Roma, un pequeño país de Medio Oriente ya había hecho esa misma historia. Un país que ha sobrevivido a conquistas, intentos de asimilación cultural e incluso un terrible genocidio; este es Armenia.
En la antigüedad, Armenia se encontraba en una posición estratégica poco envidiable. Un “estado tapón”, uno de los reinos fronterizos que dividían las zonas de influencia entre Roma y Persia. Esta ubicación provocando que, durante siglos, ambas superpotencias derramasen sangre y fuego por su control, dejando a los armenios sujetos a esta dinámica, con cortos periodos de paz marcados por frágiles balances de poder.
Durante el siglo III, después de una rápida invasión del Imperio persa sasánida, quienes tajantemente habían impuesto al zoroastrismo como su única religión de Estado, buscaron asimilar a los armenios. Durante la ocupación, la familia real armenia fue puesta en exilio, encontrando refugio en Roma.
Ante esta oportunidad y la vital posición geográfica del reino de Armenia para Roma, alrededor de tres décadas después de la invasión, las legiones lograron expulsar a los persas y reinstauraron a la dinastía arsácida en el trono, coronando al rey Tiridates III.
La historia de la leyenda de la cristianización de Armenia bajo Tiridates cuenta que el rey, en sus primeros años de gobierno, era un feroz perseguidor de cristianos. Al descubrir que uno de sus cortesanos, Gregorio (quien pasaría a ser conocido como Gregorio el Iluminador), profesaba esta fe, lo mandó arrojar a un pozo oscuro y profundo, esperando que muriera de inanición. Sorprendentemente, Gregorio sobrevivió en aquel calabozo durante catorce años.
Como castigo divino, el rey Tiridates enloqueció, sufriendo una extraña enfermedad que lo hacía comportarse como una bestia salvaje, pero tras un sueño de la hermana del monarca, sacaron a Gregorio del pozo. Este oró por el rey, curándolo instantáneamente de su locura y, en agradecimiento, Tiridates se bautizó, declarando al cristianismo como la religión oficial de Armenia.
Sin embargo, como en todas las historias y leyendas que claman ser verdaderas, siempre existían profundas razones y sucesos adicionales; en este caso, razones políticas y geopolíticas por las cuales Tiridates III veía como conveniente instaurar al cristianismo en su reino.
Al haberse criado en exilio en Roma, Tiridates había visto de primera mano el enorme alcance que la nueva religión cristiana estaba ganando, previendo la legalización e inminente cristianización del propio Imperio romano que llegaría pocas décadas después. Con este movimiento político, afianzaría la protección imperial para evitar conflictos adicionales con los persas.
Aunado a esto, el cristianismo le permitía crear una identidad nacional y religiosa totalmente ajena a la de sus invasores. Los persas zoroastras compartían varias similitudes con el antiguo paganismo armenio; al volverse cristianos, los armenios levantaron un muro cultural en contra de la asimilación persa y le permitió al rey desmantelar a la antigua clase religiosa pagana de su reino, apoderándose de su vasta riqueza.
Eventualmente, a través del ir y venir de los siglos, Armenia perdió su independencia territorial. Pero fue la decisión de Tiridates III de convertir la fe cristiana en su religión de Estado y un bastión de su cultura lo que forjó una identidad, hasta el momento, inquebrantable. Este acto fundacional creó las bases del estoicismo armenio, el rasgo que les ha permitido sobreponerse a absolutamente todos y cada uno de los desafíos que la historia ha puesto en su contra durante más de 1700 años, y siguen aquí.
Rolan Haroldo Sánchez González