Dentro de la historia de la literatura hay millares de metáforas y analogías para describir el comportamiento humano. La más vieja y manida, sí, anticuada, es la de las moralejas, donde montones de animales sirven para ejemplificar la conducta de los homo sapiens y, sobre todo, todas esas falencias en el espíritu, que luego, a través de la moraleja insisten en enseñar las maneras más sensatas para convivir en sociedad. Y con uno mismo.
En el extremo contrario, está la idea de las especies invasoras que se refiere al desequilibrio ecológico de las cadenas alimenticias por la inserción de un elemento que no estaba previsto. Ambas analogías son falibles en la lógica, sobre todo si se pretenden entender a pie juntillas.
Justo en ese línea divisoria que no es sino la frontera que divide las partes distintas, justo en ese espacio indefinido que en la vida real es básicamente inasequible, invisible y difuso, la escritora puertorriqueña Melanie Pérez Ortiz encuentra la bisagra que le da la posiblidad de abrir puertas, umbrales y ventanas a vivencias muy precisas. Afortunadamente podemos leer a la boricua gracias a su publicación en la editorial mexicana independiente, que ya habíamos recomendado en estos #Bastiones, Elefanta Editorial, la cual ya puso en circulación la novela Con llanto de cocodrilo.
Con guiños detectives, fantásticos y, sobre todo, jiribillosos y jacarandosos (como nos caracteriza a los latinos que compartimos el Caribe), la novela pone en juego la idea de que Puerto Rico sufre una invasión de cocodrilos cubanos, que alteran el orden y hacen algunos desmanes. A la par, la protagonista narra las peripecia y reflexiones de su existencia en Puerto Rico. Ella, como muchos boricua, salen de la Isla del Encanto para hacer parte de su vida en otras partes: Cuba, México y Estados Unidos, donde estudia, trabaja y se doctora como bióloga especialista y como responsable de la Oficina de Control de Especies Invasoras en Defensa del Ecosistema. Un nombre tan paródico que bien puede ser trumpista o castrista, gringo o cubano.
Mientras desentraña la invasión de cocodrilos cubano, la escritora aprovecha todas las aclaraciones biológicas que se le atañen a uno de los depredadores más importantes de muchos ecosistemas americanos, claro, en Florida, México, el Caribe, África y Australia. De paso, hace uso de todos los recursos que puede ofrecer el cocodrilo, desde las alusiones cosmogónicas hasta las burlas de la cultura popular, donde obviamente resalta la música. Por eso, en el descubrimiento de sus laborales y de sí misma, la protagonista se encuentra con lágrimas de cocodrilo de lo norteada y confundida que se revela su estancia en su propio país y su destino personal, como si estuviese en un lugar que no es el suyo.