Hay algo extraordinario en nuestra generación que quizá todavía no alcanzamos a dimensionar: conocemos dos maneras de habitar el mundo.
Una en la que pensar, aprender, escribir, trabajar e incluso relacionarnos exigía resolver por nosotros mismos buena parte de nuestras dudas; y otra en la que una inteligencia artificial puede acompañarnos en prácticamente todas esas actividades.
Formamos parte de quienes pueden recordar cómo era la vida antes de que se convirtiera en una presencia cotidiana.
Pertenecemos a una generación que buscó respuestas entre libros, bibliotecas, hemerotecas, conversaciones, entrevistas, que hacíamos las preguntas a las fuentes directas; que aprendió a escribir enfrentándose a una página en blanco y a resolver problemas sin disponer de una respuesta inmediata, done el conocimiento exigía recorrer un camino.
Investigar implicaba buscar, comparar, equivocarse y volver a empezar. Hoy podemos obtener en segundos una explicación, un argumento o un texto completo. La diferencia no está únicamente en la velocidad, sino en lo que sucede con nuestro pensamiento cuando dejamos de recorrer ese camino.
La transformación tiene dimensiones extraordinarias. De acuerdo con el informe AI Index 2026, de la Universidad de Stanford, el uso de inteligencia artificial generativa entre estudiantes universitarios mexicanos encuestados pasó del 33 % en 2023 al 83 % en 2025.
En apenas dos años, una tecnología emergente se incorporó a la experiencia educativa de una amplia mayoría de los participantes. Pero una cosa es utilizar inteligencia artificial para aprender y otra muy distinta es permitir que aprenda, razone y produzca por nosotros.
Hallazgos de una investigación publicada en 2025 por Microsoft Research y la Universidad Carnegie Mellon, tras estudiar a 319 trabajadores del conocimiento y analizar 936 experiencias de uso de inteligencia artificial generativa, los investigadores encontraron una asociación entre una mayor confianza en estas herramientas y un menor esfuerzo de pensamiento crítico declarado por los participantes.
Esto no demuestra que la inteligencia artificial reduzca nuestras capacidades cognitivas, pero sí advierte sobre una posibilidad inquietante: cuanto más confiamos en sus respuestas, menos podemos sentir la necesidad de cuestionarlas.
Estamos frente a una modificación profunda de nuestra relación con el conocimiento porque ahora también exige saber formular preguntas, evaluar información y reconocer cuándo una explicación aparentemente impecable puede estar equivocada. La inteligencia artificial puede producir argumentos convincentes sin garantizar que sean verdaderos. Su fluidez no equivale a comprensión y su seguridad al responder no constituye una prueba de certeza.
Las generaciones que crecieron antes de la inteligencia artificial generativa conservan una experiencia particular: saben lo que significa enfrentar problemas sin disponer de asistencia inmediata.
Las que hoy comienzan a aprender con estas herramientas tienen oportunidades extraordinarias, pero también el desafío de desarrollar autonomía intelectual en un entorno donde delegar resulta cada vez más sencillo.
Tal vez, dentro de algunas décadas, nadie considere extraordinario conversar con una máquina capaz de escribir, investigar o proponer soluciones. Lo verdaderamente excepcional podría ser conservar la disposición de detenerse, dudar, equivocarse y pensar por cuenta propia.
Porque el mayor riesgo no es que las máquinas aprendan a pensar como nosotros, sino que nosotros dejemos de aprender a pensar sin ellas.
Teresa González Corona