Si algún día pudiéramos disminuir el miedo asociado con un recuerdo traumático, ¿hasta dónde deberíamos hacerlo? Si lográramos intervenir un circuito cerebral para modificar una conducta, ¿quién decidiría cuál necesita ser modificada? ¿Dónde terminaría el tratamiento de una enfermedad y dónde comenzaría la modificación de una persona?
Son preguntas sobre autonomía, consentimiento, identidad y libertad. No son interrogantes contra la ciencia; surgen precisamente porque la ciencia avanza.
El Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026 reconoce una transformación extraordinaria en nuestra manera de estudiar el cerebro. Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel fueron galardonados por sus descubrimientos relacionados con los canales iónicos activados por luz y la optogenética, una tecnología que permite controlar mediante luz la actividad de células específicas.
Su trascendencia va mucho más allá de encender o apagar neuronas ya que durante décadas, las neurociencias desarrollaron herramientas para observar el cerebro y relacionar determinadas regiones con funciones, emociones o conductas.
La optogenética introdujo una posibilidad distinta: intervenir poblaciones celulares seleccionadas y observar qué ocurre cuando su actividad cambia. Con ello es posible investigar relaciones causales que antes resultaban mucho más difíciles de establecer.
Gracias a esta técnica se han estudiado circuitos involucrados en el movimiento, el sueño, el dolor, el aprendizaje, el miedo y la recompensa, además de mecanismos relacionados con diferentes enfermedades neurológicas y trastornos psiquiátricos.
Desde hace más de un siglo se utiliza el concepto de engrama para referirse a la representación física de una memoria en el cerebro.
Durante décadas fue extraordinariamente difícil identificar las células que participaban en la formación de un recuerdo. Las herramientas actuales han permitido localizar poblaciones neuronales activas durante ese proceso y manipularlas posteriormente en experimentos con animales.
En 2012, investigadores encabezados por Susumu Tonegawa publicaron en Nature un experimento que marcó un punto importante: identificaron en ratones neuronas que habían participado en la formación de una memoria asociada con el miedo y posteriormente las reactivaron mediante optogenética. Los animales mostraron nuevamente la conducta vinculada con aquel recuerdo, aun encontrándose en un contexto diferente.
Dos años después, otro estudio del mismo grupo mostró, también en ratones, que bajo condiciones experimentales era posible modificar la asociación emocional vinculada con determinados recuerdos.
No significa que hoy podamos borrar una experiencia traumática, cambiar un recuerdo doloroso por uno agradable o apagar la tristeza iluminando determinadas neuronas. Trasladar esos resultados directamente a la experiencia humana sería científicamente incorrecto.
Pero sí significa algo trascendente: podemos comenzar a intervenir experimentalmente algunos de los circuitos que participan en procesos que durante siglos consideramos parte de la intimidad de nuestra mente.
Y ahí comienza el problema y también la fascinación.
Una hoja de ruta publicada en Nature Neuroscience en 2025 sobre las posibilidades clínicas de la optogenética advierte de importantes obstáculos para su aplicación directa en el cerebro humano: cómo introducir de manera segura proteínas sensibles a la luz, cómo hacer llegar esa luz a células específicas, las posibles respuestas inmunológicas y las implicaciones regulatorias y éticas.
Es probable, además, que muchas aplicaciones médicas derivadas de esta tecnología no impliquen iluminar directamente el cerebro de una persona. Su enorme valor puede estar en revelar qué células y circuitos intervienen causalmente en una enfermedad y utilizar después ese conocimiento para desarrollar medicamentos, estimulación cerebral u otras formas de neuromodulación más precisas.
Ahí reside quizá la paradoja más profunda que deja este Nobel: cuanto más aprendemos a intervenir los mecanismos del cerebro, mayor es nuestra responsabilidad para decidir hasta dónde hacerlo.
Porque el verdadero desafío ya no será únicamente descubrir cómo modificar un circuito cerebral para aliviar el sufrimiento.
Será saber cuándo hacerlo, para qué hacerlo y, sobre todo, cuándo no hacerlo.
Teresa González Corona