Una de las memorias más persistentes es la que se detona con los aromas. El asco y la repugnancia son los gatillos que nos repelen casi inmediatamente de aquello que potencialmente peligroso, como el tupper con la comida que lleva semanas en el refrigerador y al abrirlo tiene toda maleza irisándose y erizándose. La atracción sexual comienza justamente por esos casi imperceptibles lazos que nos atraen a quien huele bonito. O al revés.
El “olor a bebé” (“a recién nacido” para ser más preciso con el estudio liderado del Johan N. Lundström, del sueco Karolinska Institutet) funciona para aumentar el vínculo con la madre, entre otras cosas.
En contraste, En el Lejano Oriente, el país nipón tiene una palabra (“kareishu”) para lo que en la calle denominamos olor a “viejito(a)”. La ciencia revela que es provocado ese aroma por la molécula 2 nonenal (destilada por la “oxidación de ácidos grasos en la epidermis), como seguramente el aumento de cortisol genera el “olor a estrés” (“sutoresushu”). No, definitivamente no tiene nada qué ver con la despectiva alusión al olor a baúl, humedad o por pudrición, como dijeron entre risas dos diputadas poblanas.
Los resultados recién publicados por el INEGI en la encuesta intercensal confirman el aumento en la edad promedio (también en el índice de envejecimiento, que aumentó más de 20% en 5 años) de los más 130 millones de mexicanos, al mismo tiempo que el descenso en la tasa de natalidad. Nacen cada vez más mexicanos, son cada vez menos jóvenes y hay cada vez más personas de edad mayor a los 60 años.
Paralelamente, por ejemplo, en el epicentro político y económico del país, la tasa de natalidad es menor a 1: 0.9 (la mitad de lo que necesitaría un país, cualquiera, para no declinar demográficamente hablando). En la alcaldía Benito Juárez esa tasa es de 0.4.
Suena lógico que dada la situación climática del mundo, la complejidad del ámbito laboral, económico y habitacional, la evolución en la mentalidad respecto a la “vida de pareja” y el concepto del “matrimonio”, sólo 26.2, es decir, casi 1 de cada 4 viven “casadas”. El contraste es ejemplar: 40% son solteros.
La deducción y la prospectiva, que ya a estas alturas no es una sorpresa, pero no deja de ser importante. Los mexicanos seguiremos aumentando la edad promedio, el índice de envejecimiento y seguiremos teniendo menos hijos.
Eventualmente, ese olor a recién nacido será esporádico y excepcional, mientras el kareishu – olor a viejito (y también el sutoresushu – olor a estrés) serán mucho menos una alusión despectiva. En todo caso, la empatía (y ojalá también las políticas públicas para compensar esta evolución demográfica) para ambos lados de la balanza se convertirá en una bisagra para entender nuestro futuro más próximo.