Este mes patrio se cumplen 216 años desde el Grito de Dolores en 1810, una tradición que el pueblo mexicano ha mantenido viva como símbolo y conmemoración de la lucha que dio pie a nuestra independencia. Pero hay una parte de ese grito que hoy en día se omite por la naturaleza soberana y republicana de nuestra nación, una parte del Grito de Dolores que habla mucho de los acontecimientos globales de la época e, incluso, una parte que ni siquiera alude a nuestra independencia; y las palabras de Miguel Hidalgo en cuestión son: “Viva Fernando VII”.
Durante la crisis revolucionaria de finales del siglo XVIII, la monarquía española encontró en el Directorio francés un incómodo aliado en contra de su principal oponente, el Reino Unido, quiene buscaban atacar los navíos que viajasen entre América e Iberia; razón por la que, en 1796, ambos Estados firman el Tratado de San Ildefonso con el objetivo de perseguir un frente unido contra los ingleses.
Esta alianza se mantiene durante el ascenso de Napoleón, su proclamación como emperador y su guerra contra el Reino Unido, lo que eventualmente lleva a la combinación de las armadas franco-españolas y su eventual derrota durante la Batalla de Trafalgar en 1805.
Ante este revés, Napoleón se vio obligado a abandonar toda ambición por competir contra el Reino Unido en los mares, y recurrió a crear un bloqueo económico por tierra que bautizó como “el sistema continental”. Este consistía en cerrar las puertas de Europa al comercio inglés, efectivamente embargando a los británicos y deteniendo su desarrollo.
El gran problema de este sistema es que requería que los diferentes Estados de la Europa continental actuaran al unísono de Napoleón, a pesar de que esta iniciativa gravemente también dañase la prosperidad de aquellos países que participasen en ella, no solamente al Reino Unido.
Es por esto que, además de contar con una alianza de siglos de antigüedad con los británicos, los portugueses se rehusaron a colaborar en el sistema continental, nulificando todos los esfuerzos de Napoleón, quien, para tener una posibilidad de obligar a los lusitanos a cooperar, necesitaba una línea terrestre directa sobre la cual marchar sus tropas que, forzosamente, tendría que cruzar España.
Empedernidos en derrotar a los ingleses, España firmó el documento que marcó el principio del fin para su imperio: el Tratado de Fontainebleau de 1807, que permitía el acceso del ejército francés al territorio hispano y dividía el territorio portugués entre ambas partes.
Lo que no sabían los españoles es que Napoleón nunca contempló realmente operar dentro de los límites del tratado; tan pronto como el ejército francés cruzó la frontera, comenzó a movilizarse no solo para preparar la invasión a Portugal, sino también para acuartelarse en los puntos de control más importantes de España.
Al ver estos movimientos, la monarquía española intentó huir del país, pero tras los eventos del motín de Aranjuez, el rey Carlos IV se vio obligado a abdicar en favor de su hijo Fernando VII, quien aún esperaba que Napoleón se adhiriese a los límites marcados por el Tratado de Fontainebleau.
España pasó a entrar en crisis por el acumulado descontento social y la inquietud causada por la presencia de más de 60,000 tropas francesas en el país, provocando el levantamiento del 2 de mayo de 1808, marcando el inicio de la Guerra de Independencia española frente a la ocupación de Napoleón, quien, al tener el control de facto de la península ibérica, obligó tanto a Carlos IV como a Fernando VII a abdicar a su favor, coronando a su hermano José Bonaparte, conocido como “Pepe Botella”.
Ante estos sucesos, ¿dónde queda la Nueva España? En 1808, ante la falta de una cabeza de Estado, el virrey novohispano José de Iturrigaray y los líderes criollos proponen crear una Junta Autónoma de Gobierno en la Ciudad de México, no con el objetivo de independizarse, sino como forma de gobernar y salvaguardar los territorios de una posible intervención francesa con eficiencia.
Los peninsulares que dominaban la cúpula del poder en la Nueva España, al enterarse de que los criollos intentaban crear una junta de gobierno, entraron en pánico por temor a perder sus privilegios, por lo que el 15 de septiembre del mismo año realizan un golpe de Estado derrocando a Iturrigaray y encarcelando a los principales líderes criollos, obligando al movimiento autonomista a pasar a la clandestinidad.
Es aquí donde inician las conspiraciones que nos llevan al Grito de Dolores, en las que se involucran las élites criollas leales a la corona borbona de España y la Iglesia católica, que fervientemente se oponía al nuevo mundo secular posrevolucionario que buscaba instaurar Napoleón en España y el mundo.
La historia del Grito nos la enseñan en la primaria, pero este es el trasfondo y sentido de las famosas palabras que dan pie a la tradición que celebramos todos los 15 de septiembre; palabras que, según Manuel Abad y Queipo, fueron: “¡Viva nuestra madre santísima de Guadalupe!, ¡viva Fernando VII y muera el mal gobierno!”. No hubo un solo “viva México” hasta muchos años después.
Rolan Haroldo Sánchez González