Cuando hablamos de la Independencia de México, los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos o Vicente Guerrero suelen ocupar los primeros lugares. Sin embargo, existe otro personaje cuya importancia resulta especialmente interesante si observamos nuestra historia desde el México actual: Ignacio López Rayón, el insurgente que entendió que para construir una nación no bastaba con ganar una guerra, también era necesario crear leyes e instituciones.
Nacido en Tlalpujahua, Michoacán, en 1773, López Rayón estudió derecho y posteriormente se incorporó al movimiento encabezado por Miguel Hidalgo. Después de la captura y muerte de los primeros líderes insurgentes en 1811, la rebelión enfrentó un momento crítico. Sin una dirección clara, el movimiento podía desaparecer. Fue entonces cuando Rayón asumió una tarea fundamental: mantener viva la lucha, pero también darle organización política.
Ese mismo año impulsó la creación de la Suprema Junta Nacional Americana, conocida como Junta de Zitácuaro, uno de los primeros intentos insurgentes por establecer una autoridad capaz de gobernar, administrar justicia y coordinar a los distintos grupos rebeldes. Rayón fue elegido presidente de aquella institución. Su propósito era demostrar que los insurgentes no solamente podían combatir al gobierno virreinal, sino también comenzar a construir una alternativa de gobierno.
Esta parte de su historia adquiere especial relevancia cuando la observamos desde el México del siglo XXI. Actualmente damos por hecho la existencia de una Constitución, elecciones, poderes públicos, tribunales y autoridades. Podemos cuestionar su funcionamiento y exigir mejores resultados, pero todas estas instituciones forman parte de una idea esencial: un país necesita reglas que limiten y organicen el ejercicio del poder.
Rayón comprendió algo parecido hace más de dos siglos.
En 1812 elaboró los Elementos Constitucionales, un proyecto que buscaba establecer principios para organizar políticamente a la futura nación. El documento planteaba ideas relacionadas con la soberanía, la división de poderes, la representación política y los derechos. Aunque algunas de sus propuestas permanecían ligadas a las ideas de su época y posteriormente fueron superadas por otros insurgentes, representaron un paso importante hacia la construcción constitucional de México.
Desde nuestra realidad actual, el legado de López Rayón permite plantear una pregunta incómoda: ¿de qué sirve tener buenas leyes si no somos capaces de convertirlas en instituciones que funcionen?
México cuenta hoy con una estructura constitucional mucho más desarrollada que aquella que los insurgentes podían imaginar. Sin embargo, los debates sobre justicia, corrupción, seguridad, representación política, desigualdad y confianza en las autoridades siguen formando parte de la conversación nacional. La distancia histórica es enorme, pero permanece vigente la preocupación que acompañó a Rayón: cómo transformar los ideales políticos en un gobierno capaz de servir a la sociedad.
Su historia también recuerda que la Independencia no fue solamente una sucesión de batallas. Fue un proceso en el que comenzaron a discutirse preguntas que todavía importan: quién debe ejercer el poder, de dónde obtiene su legitimidad, cuáles son sus límites y qué derechos deben protegerse.
Ignacio López Rayón quizá no tenga actualmente la misma presencia popular que Hidalgo o Morelos. No encabeza cada septiembre las imágenes más conocidas de las fiestas patrias. Pero su contribución ayuda a comprender una etapa indispensable de nuestra historia: el paso de una rebelión armada hacia un proyecto político.
A más de dos siglos de distancia, México ya es la nación soberana por la que lucharon los insurgentes. El reto contemporáneo es distinto: conseguir que sus instituciones respondan verdaderamente a los ciudadanos y que la ley sea algo más que palabras escritas.
Por eso, recordar a López Rayón desde el México actual no significa únicamente mirar hacia 1811. Significa reconocer que la independencia de un país puede conquistarse en el campo de batalla, pero la construcción de una nación ocurre todos los días, mediante leyes, instituciones y ciudadanos dispuestos a defenderlas.
Dr. Octavio Martínez Camacho
Abogado Penalista Socio del Despacho HMSC.