“Envejecer es aprender a perder. Asumir, todas o casi todas las semanas, un nuevo déficit, una nueva degradación, un nuevo deterioro. […] Y ya no hay nada en la columna de ganancias”, dice uno de los personajes que cuidan a la protagonista de la novela “Las gratitudes” de Delphine de Vigan. Una protagonista que busca saldar una deuda de agradecimiento (muy al estilo de clásico “vida nada te debo, vida estamos en paz que versara Amado Nervo hace más de un siglo y que puede ser el tema de otro #Bastiones), y sufre también el trance de una afasia senil que le genera una deuda de lenguaje que le impide comunicarse.
La novela de la escritora francesa se enfoca en la vejez, la enfermedad, la gratitud y los cuidados. Claro, es en Francia y el contexto es distinto, puesto que todo sucede en una casa de retiro o asilo. En México, una situación similar estaría directamente en el hogar propio o en el de los hijos, sobrinos o nietos de la protagonista. Pero dibujemos un mapa de nuestro contexto.
La esperanza de vida en 1930 rondaba los 34 años, casi cien años después ronda los 76 años. Para 2050 se calcula que 1 de cada cuatro mexicanos se encontrará más allá del límite de los 60 años, y alrededor de 35 millones de habitantes, sumado al persistente descenso de la tasa de natalidad.
Según el INEGI, 42% de los actuales mexicanos en ese segmento poblacional todavía trabaja. Las cinco enfermedades seniles con mayor incidencia son la hipertensión, la diabetes, la artritis, las cardiovasculares, las pulmonares y el cáncer (del que hablamos la entrega pasada). Todas son de carácter crónico (algunas de orden degenerativo y fatal), y exigen un esfuerzo puntual de los servicios de salud públicos. Porque evidentemente, este tema debe ser prioritario para las políticas públicas. Y, de cierta forma, es atendido, aunque seguramente tiene muchas posibilidades de favorecer mucho más a la población mexicana. Y sí, también a los electores.
Socialmente, los cuidados se concentran en el círculo nuclear de la familia (y por ende en una pieza más de la sobrecarga de las mujeres); difícilmente le alcanza a una familia mexicana para pagar una casa de retiro y un terapeuta, como sucede en la novela de De Vigan. Lo mismo sucede con la dura novela sobre un aborto de la premio Nobel Annie Ernaux: El acontecimiento. El sufrimiento y las complicaciones para las protagonistas, si estuviesen en México o en cualquier otro lugar del mundo que fuese Europa (y eso con tambíen muchos asegunes).
Y las culpas, remordimientos, deudas, gratitudes serían también totalmente distintas. No obstante, nuncasobra (re)pensar desde todos los ángulo sobre lo que un día será nuestro lugar: la vejez.