La reconstrucción del Camino No. 202, La Marquesa-Tenango, llega con una promesa cumplida, pero también con una pregunta inevitable: ¿qué tanto cambiará la vida de las comunidades cuando una obra pública deja de ser sólo asfalto y se convierte en política de desarrollo? La respuesta dependerá de lo que ocurra en los próximos meses.
La vía tiene 39.7 kilómetros y, de acuerdo con las cifras presentadas, por ella transitan diariamente más de 86 mil vehículos. Su rehabilitación beneficia a más de 192 mil mexiquenses de Ocoyoacac, Xalatlaco, Santiago Tianguistenco, Almoloya del Río, Texcalyacac, Joquicingo y Tenango del Valle. Son números que explican la dimensión: es un corredor que articula municipios, comercio, turismo y movilidad.
Además, convertir la Ruta 202 en un corredor ecoturístico puede ser una decisión acertada. La región tiene paisaje, gastronomía, tradición y capacidad turística. También conecta con destinos religiosos de gran peso, entre ellos el Santuario del Señor de Chalma, segundo con mayor afluencia del país. La infraestructura puede ser palanca económica si se construye una oferta capaz de retener al visitante y repartir beneficios.
Y es que aquí está el verdadero desafío. Una carretera reconstruida no garantiza por sí sola desarrollo. Si el visitante sólo atraviesa la zona, toma una fotografía y continúa su camino, la oportunidad se pierde. La apuesta debe traducirse en consumo local, empleos, ocupación de pequeños negocios, promoción de artesanías, restaurantes, hospedaje y servicios turísticos. Ahí se medirá el éxito de la estrategia.
En ese sentido, el Pasaporte de Identidad Mexiquense y la Estrategia Turística y Cultural Ruta 202 pueden aportar una narrativa común. La incorporación de Capulhuac y el impulso de la Canirac mexiquense para atraer visitantes apuntan en la dirección correcta: hacer del territorio una experiencia y no sólo un lugar de paso. Pero habrá que exigir resultados, no únicamente campañas.
La llamada Estrategia 2026, Año de las Obras en el Estado de México, enfrenta precisamente esa prueba. La obra pública debe dejar de medirse sólo por kilómetros inaugurados, maquinaria desplegada o fotografías de corte de listón. Su valor real está en la seguridad que ofrece, el tiempo que ahorra y, sobre todo, en la actividad económica que logra detonar.
El Camino 202 puede ser un buen ejemplo de cómo una carretera se convierte en proyecto regional. Pero para que la promesa no se quede en propaganda, será indispensable mantener la vía, ordenar el crecimiento turístico, proteger el entorno y garantizar que los beneficios lleguen a las comunidades. Porque una ruta no se transforma por decreto: se transforma cuando quienes viven a su alrededor tienen más oportunidades. Ahí estará la verdadera prueba política de esta obra.
Martha González Aguilera