Muchas veces se ha dicho que los libros desaparecerían. Primero se anunció su decadencia con la llegada de la radio y la televisión; después, con las computadoras, internet y los dispositivos electrónicos.
Más recientemente, la inteligencia artificial parece haber reavivado aquellos pronósticos que, desde hace décadas, anticipan el final del libro impreso. Sin embargo siguen fallando esas predicciones, la industria electoral se mantiene y las ferias del libro siguen convocando multitudes.
Las cifras nos dan un parámetro muy claro. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara recibió en 2025 a 953 mil 112 visitantes, superando los 907 mil 300 registrados el año anterior, este 2026 se llevará a cabo del 28 de noviembre al 6 de diciembre de 2026.
La Feria Internacional del Libro del Zócalo, en la Ciudad de México, que concluyó el pasado 18 de octubre, reportó en la edición 2026 en cifras preliminares más de 1.5 millones de visitantes.
Del otro lado del Atlántico, la Feria del Libro de Frankfurt, en Alemania, reunió a aproximadamente 238 mil visitantes en 2025 y los datos se replican en diversos países del mundo.
No se trata de acontecimientos menores, sino de encuentros que movilizan a cientos de editoriales, escritores, académicos, artistas y millones de lectores alrededor de un objeto cuya desaparición se ha pronosticado repetidamente.
En el Estado de México, la Feria Internacional del Libro (FILEM) también ofrece una muestra de esta vitalidad. Su edición de 2025 registró una afluencia superior a 150 mil personas, mientras que la correspondiente a 2026, contempla más de 300 actividades culturales y literarias, inició el 16 y concluye el próximo sábado 24 de octubre.
Durante esos días, los libros vuelven a ocupar el espacio público y la ciudad se transforma en un punto de encuentro entre la literatura, la investigación, las expresiones artísticas y las distintas generaciones de lectores.
Pero esta fascinación por reunir, intercambiar y compartir textos no es nueva. Sus antecedentes se remontan a la Antigüedad, cuando las civilizaciones comenzaron a desarrollar mecanismos para conservar y transmitir el conocimiento.
En Grecia y Roma existieron comerciantes de libros, copistas y espacios destinados a la circulación de manuscritos. En la antigua Roma, los “bibliopolae” se dedicaban a comercializar obras que, antes de la imprenta, debían reproducirse manualmente. Aunque todavía no existían ferias del libro como las conocemos, ya se manifestaba una necesidad que ha acompañado a la humanidad durante siglos: preservar las ideas y hacerlas circular.
La Biblioteca de Alejandría, fundada durante el periodo helenístico, representa uno de los símbolos más importantes de aquella aspiración. Su propósito de reunir textos procedentes de diferentes regiones del mundo conocido reflejaba la convicción de que el conocimiento constituía un patrimonio digno de conservarse.
Siglos después, la aparición de la imprenta de tipos móviles en Europa, a mediados del siglo XV, transformó radicalmente la producción y distribución de los libros, ciudades como Frankfurt y Leipzig se consolidaron como centros de intercambio editorial y, durante el siglo XVI, comenzaron a circular catálogos de publicaciones que anticipaban las prácticas comerciales de la industria editorial moderna.
Desde entonces, los libros han sobrevivido a guerras, censuras, transformaciones políticas y revoluciones tecnológicas. Han cambiado sus materiales, sus formatos, sus mecanismos de reproducción y sus canales de distribución, pero no han perdido su capacidad para transmitir historias, conocimientos y experiencias.
Quizá el valor nunca ha residido exclusivamente en el papel, la tinta o las encuadernaciones, sino en las palabras que contienen y en las relaciones que cada lector establece con el libro que lee.
Teresa González Corona