De acuerdo con un estudio realizado por la Universidad de Oxford en México, Digital News Report 2026 del Reuters Institute for the Study of Journalism, el 66% de las personas encuestadas en México utiliza semanalmente las redes sociales para informarse.
De ese mismo universo, surgió otro dato que resalta, la confianza general en las noticias se ubica en apenas 31%, su nivel más bajo desde 2017. Esta información, un año antes, reportada por el mismo instituto encontró que el 58% de las personas consultadas en 48 mercados manifestaba preocupación por su capacidad para distinguir entre información verdadera y falsa en internet.
En el entorno en el que nos encontramos, de abundancia informativa, circulación acelerada de contenidos, algoritmos e inteligencia artificial generativa, el concepto de voto informado adquiere una dimensión distinta: ya no se trata solamente de tener acceso a información sobre partidos, candidaturas y propuestas, sino de contar con las herramientas necesarias para identificar su origen, contrastar su veracidad, reconocer posibles manipulaciones y, a partir de ello, construir una decisión política propia, libre y razonada.
En México ¿qué significa hoy poder formarse una opinión de manera independiente? Partamos primero por mencionar que la desinformación política no nació con la inteligencia artificial.
La propaganda, los rumores, la manipulación de hechos y las campañas de desprestigio son tan antiguas como la propia competencia por el poder. Lo que ha cambiado es la capacidad tecnológica para producir contenidos, dotarlos de apariencia de autenticidad, personalizarlos y distribuirlos masivamente en cuestión de segundos. Una fotografía ya no demuestra necesariamente que algo sucedió; una grabación puede contener una voz clonada; un video puede mostrar a una persona diciendo o haciendo algo que jamás ocurrió. La frontera entre documento y simulación se ha vuelto mucho menos evidente.
Los datos muestran hasta qué punto está cambiando ese ecosistema. El Digital News Report 2026, señala que en México la penetración de internet alcanza 83%; las redes sociales son ya la principal vía de acceso semanal a las noticias, México aparece entre los países hispanohablantes donde los creadores e influencers informativos tienen mayor presencia: 39% de las personas consultadas dice informarse a través de ellos, y 27% utiliza TikTok con fines informativos.
No estamos, por tanto, simplemente frente a un cambio de soporte —del periódico al teléfono o de la televisión a la red social—, sino ante una modificación de las mediaciones mediante las cuales construimos nuestra percepción de los asuntos públicos.
La información electoral convive ahora, en una misma pantalla, con entretenimiento, publicidad, opinión, propaganda, contenidos patrocinados, información periodística y materiales producidos o modificados mediante inteligencia artificial. Para una persona usuaria no siempre resulta sencillo distinguir dónde termina una categoría y comienza otra.
La inteligencia artificial generativa profundiza ese fenómeno. Su potencial es indiscutible: puede traducir contenidos, facilitar el acceso a grandes volúmenes de información, resumir documentos, mejorar la accesibilidad para personas con discapacidad y acercar asuntos complejos a públicos más amplios. Pero la misma tecnología puede utilizarse para fabricar evidencia inexistente, alterar contextos, reproducir voces, generar identidades digitales ficticias o producir contenidos falsos a una escala que antes habría requerido enormes recursos humanos y económicos.
Las autoridades electorales, buscan la forma de revertir esta problemática sin embargo es necesario ser muy puntuales con el hecho de que ninguna herramienta institucional, regulación o avance tecnológico puede sustituir la responsabilidad individual frente a la información que consumimos. Hoy, ejercer un voto informado también implica detenerse antes de compartir, identificar quién genera un contenido, buscar su fuente original, contrastarlo con otras fuentes y preguntarnos si una imagen, un audio o un video corresponden realmente a los hechos que pretenden mostrar.
El desafío es todavía mayor porque la desinformación no necesariamente se presenta como una mentira evidente. Puede aparecer mezclada con datos ciertos, imágenes reales utilizadas fuera de contexto o contenidos diseñados precisamente para confirmar lo que ya pensamos. Por eso, el pensamiento crítico también exige revisar aquello que coincide con nuestras propias creencias. No se trata de desconfiar de todo, sino de aprender a distinguir, contrastar y verificar.
Quizá ahí se encuentre el nuevo significado del voto informado. Conocer candidaturas, propuestas y plataformas continúa siendo indispensable, pero ya no es suficiente. En un escenario mediado por algoritmos e inteligencia artificial, necesitamos además comprender cómo se produce y circula la información con la que construimos nuestras decisiones. Tener más información no necesariamente significa estar mejor informados.
La democracia necesita ciudadanos capaces de decidir libremente, pero esa libertad comienza mucho antes de llegar a las urnas. Comienza frente a una pantalla, cuando elegimos qué leer, qué creer y qué compartir. Durante décadas pensamos que para votar informadamente necesitábamos tener acceso a más información; hoy, frente a la inteligencia artificial, el reto es mucho más profundo: aprender a verificarla, comprenderla y convertirla en una decisión verdaderamente propia.
Teresa González Corona