Durante mucho tiempo se pensó la migración de una manera bastante sencilla: alguien dejaba su país, cruzaba una frontera y comenzaba una nueva vida en otro lugar.
Irse significaba, de alguna manera, dejar atrás todo, sin embargo, en el mundo contemporáneo en el que vivimos el fenómeno migratorio se ha vuelto más complejo debido a todas las aristas que intervienen.
Millones de personas viven hoy físicamente en un país mientras mantienen una parte importante de su vida en otro. Hablan diariamente con sus familias, participan en decisiones familiares, envían dinero, siguen las noticias de su lugar de origen, conservan sus costumbres, celebran sus fiestas y, algunas veces, intervienen incluso en la vida pública de una comunidad situada a miles de kilómetros.
De acuerdo con los registros del Instituto de Mexicanas y Mexicanos en el Exterior (IMME), en 2024 se contabilizaban 11 millones 225 mil 695 mexicanos residiendo fuera del país. De ellos, 10 millones 820 mil 514 vivían en Estados Unidos, es decir, alrededor del 96 por ciento del total.
Pero esas cifras pueden ser superiores, las propias autoridades mexicanas advierten, que estos datos deben entenderse como aproximaciones, pues los connacionales no están obligados a registrarse ante las representaciones diplomáticas y consulares.
Después de Estados Unidos, los países con mayor presencia mexicana son Canadá, con 107 mil 735 residentes; España, con 79 mil 581; Alemania, con 23 mil 205; Reino Unido, con 18 mil; y Francia, con 17 mil 200.
Todos ellos son pequeños “Méxicos” dispersos por el mundo que conservan, transforman y transmiten parte de nuestra cultura mientras construyen simultáneamente su vida en otra sociedad. La sociología y la antropología tienen un concepto para estudiar este fenómeno: “transnacionalismo”.
El término comenzó a adquirir especial relevancia en los estudios migratorios a finales del siglo XX, cuando investigadoras como Nina Glick Schiller, Linda Basch y Cristina Szanton Blanc observaron que muchos migrantes no rompían sus vínculos con las sociedades de origen al establecerse en otro país. Por el contrario, construían redes familiares, económicas, sociales y culturales capaces de atravesar las fronteras nacionales.
Es decir, una persona podía estar aquí y allá al mismo tiempo. No físicamente, por supuesto, sino social y afectivamente; y hoy las redes sociales permiten que esa presencia sea más cotidiana y más real.
El transnacionalismo también alcanza una dimensión política. Vivir fuera del territorio nacional no necesariamente significa dejar de participar en las decisiones del país de origen. En la elección presidencial de 2024, 184 mil 326 mexicanas y mexicanos emitieron su voto desde el extranjero, una cifra 86.7 por ciento superior a la registrada en la elección presidencial de 2018. La distancia geográfica, en este caso, no anuló el ejercicio de la ciudadanía: miles de personas participaron desde otro país en una decisión que habría de definir el rumbo político de México.
La tecnología ha hecho todavía más evidente esta nueva forma de ciudadanía transnacional. Del total de votos emitidos desde el exterior en 2024, 66.5 por ciento se realizó por internet, 21.5 por ciento por vía postal y 12 por ciento de manera presencial.
Esto demuestra que los vínculos transnacionales no solamente trasladan afectos, dinero, costumbres, recuerdos o celebraciones de un lado a otro de las fronteras; también permiten mantener vínculos cívicos y políticos. Se puede construir una vida en otro país y, al mismo tiempo, continuar formando parte de la vida pública de México.
La distancia ya no significa necesariamente ausencia: una videollamada permite participar en una celebración familiar a miles de kilómetros, los grupos de WhatsApp mantienen conversaciones diarias y las redes permiten seguir, prácticamente en tiempo real, lo que ocurre en la comunidad que se dejó atrás.
La tecnología no ha eliminado las fronteras ni la nostalgia, pero sí ha transformado profundamente la experiencia de estar lejos: hoy es posible emigrar sin desaparecer de la vida cotidiana de quienes se quedan. La distancia geográfica permanece, pero la distancia cotidiana se ha reducido y eso también transforma nuestra manera de entender la identidad.
Y cada septiembre esa pertenencia se vuelve particularmente visible. Este 2026 el Grito de Independencia no solamente se escucha en las plazas de México. En Irlanda hay celebraciones en Dublín, Cork, Limerick y Galway; en Nogales, Arizona, la comunidad mexicana y mexicoamericana se reunió entre mariachis, ballet folclórico, gastronomía y trajes regionales; mientras que en Cuba la celebración incorporó incluso un mariachi llegado desde México y así en muchas partes del mundo se celebró la mexicanidad.
A miles de kilómetros de distancia se repiten símbolos, música y rituales que permiten a las comunidades mantener un vínculo con el país que dejaron atrás. Visto desde el transnacionalismo, estas celebraciones son mucho más que una fiesta: son una manera de construir México fuera de México.
¡Viva México!
Teresa González Corona