El discurso político moderno habla reiteradamente del populismo, ya sea de derecha o de izquierda; estos grupos, esencialmente, crean un seguimiento a su alrededor, apelando a las emociones fuertes de su sector demográfico objetivo y haciendo promesas que, una vez llegando al poder, olvidan o no se sienten obligados a cumplir. Pero este problema democrático no es exclusivo de nuestros tiempos: es un problema al que se enfrentó la cuna más importante de la democracia occidental, Atenas.
Los sofistas eran maestros de retórica y oratoria. A diferencia de filósofos como Sócrates y Platón, a estos no les interesaba en lo absoluto ni la búsqueda de la verdad objetiva ni el bienestar moral de la polis. Su único objetivo mercantil era el cómo persuadir a las multitudes. Su modus operandi era el siguiente: utilizar el lenguaje y la lógica de tal forma que el argumento más débil parezca el más fuerte. Esto se debe gracias a que, para el sofista, la viabilidad de una idea es irrelevante, al igual que tener la razón o no; lo único que importa es saber cómo, incluso desde una postura incorrecta, se puede ganar un debate.
El populismo moderno opera bajo el mismo principio fundacional. Los candidatos se presentan de tal forma que digan exactamente lo que los sectores polarizados de la sociedad occidental moderna quieran escuchar, independientemente de que sea de una inclinación política de izquierda o derecha, esperando que el padrón electoral se concentre más en las promesas hechas sin que se haga la pregunta de “¿cómo se va a llevar a cabo?” o, incluso, si se puede llevar a cabo.
El origen de esta apatía por verificar la información recibida viene atado justo con el origen de frases como “lo saqué de TikTok”. Esto no significa que sea culpa de las redes sociales ni de la tecnología moderna, más bien resulta del constante bombardeo de información al cual están sometidos nuestros cerebros y de la cantidad absurda de contenido digital que habita en la internet.
El problema es que, una vez que un líder populista se instala en el poder sin contrapesos, este ya no tiene por qué encontrarse obligado ni atado a cumplir las promesas hechas durante el camino a la cima del sistema gubernamental que sostuvo su misma llegada a este. Al igual que el antiguo sofista, un político que basa su ascenso en esta estrategia no tiene como objetivo gobernar con eficacia, ya que el fin real es dominar el panorama electoral para acumular influencia a su alrededor.
Los ejemplos más famosos en tiempos modernos de un suceso similar no llevan ni un siglo: tanto Hitler como Mussolini se aprovecharon de la narrativa de venganza que sentían las poblaciones de sus respectivos países para concretar su escalada al poder y, al final, llevaron a sus países a la ruina.
Al final, en Atenas no fue hasta la llegada de Sócrates y Platón quienes devastaron la reputación de los primeros sofistas, pero estos sobrevivieron como maestros de gramática, literatura y oratoria que encontraron hogar en la naciente República Romana.
Como podemos ver, el tema del populismo desmedido ha sido un tema que ha azotado a la democracia por milenios; pero sin educación, interés por verificar la información e involucramiento político por parte de la sociedad, es un problema que va a seguir azotando a la humanidad durante su existencia.
Rolan Haroldo Sánchez González