La inteligencia artificial parece ser uno de los grandes temas de nuestro tiempo. Hablamos de algoritmos, modelos de lenguaje, automatización, productividad, riesgos y ética. También hablamos, con cierta inquietud, de la posibilidad de que una máquina termine realizando tareas que durante siglos consideramos exclusivamente humanas.
Pero quizá la discusión no sea tan nueva como pensamos.
Hace más de dos mil años, en la antigua Grecia, los filósofos ya se preguntaban qué podía ocurrir cuando una nueva tecnología permitía almacenar y transmitir el conocimiento sin que necesariamente existiera una persona detrás de cada palabra. Aunque suene increíble.
En “Fedro”, uno de los diálogos de Platón, Sócrates cuestiona precisamente los efectos de la escritura. Su preocupación no era solamente que las personas escribieran, sino que llegaran a confundir lo escrito con el conocimiento. La idea resulta sorprendentemente actual ¿verdad?
Sócrates explicaba que las palabras escritas podían dar la impresión de estar vivas, pero cuando se les hacía una pregunta no podían responder. No podían explicar lo que querían decir, defender una idea, corregirla o adaptarla a una circunstancia distinta. Estaban ahí, pero necesitaban de alguien que las interpretara.
Más de dos mil años después, algo parecido ocurre cuando interactuamos con la inteligencia artificial.
Hoy podemos escribir una pregunta y obtener en segundos una respuesta perfectamente estructurada. Podemos pedirle a una herramienta que explique un tema, resuma un documento, redacte un texto o proponga una solución. Y muchas veces la respuesta resulta convincente.
Ese es, precisamente, uno de los grandes retos. Que una respuesta esté bien escrita no significa que sea correcta. Que parezca inteligente no significa que exista comprensión detrás de ella.
Los modelos de lenguaje funcionan a partir de enormes cantidades de información y de patrones que les permiten generar respuestas a nuestras instrucciones. Su capacidad es extraordinaria, pero eso no significa que tengan criterio humano, experiencia o responsabilidad sobre las decisiones que tomamos a partir de sus respuestas.
Y aquí es donde la filosofía vuelve a tener algo que decirnos.
El problema no es que la inteligencia artificial sea capaz de hacer cada vez más cosas. El verdadero problema sería que nosotros dejáramos de hacerlas porque una máquina puede hacerlas más rápido.
Pensemos en algo tan cotidiano como que un estudiante puede obtener un texto bien redactado sin haber leído los libros que supuestamente sustentan sus argumentos. Un investigador puede recibir una síntesis en segundos, pero eso no sustituye la lectura, la discusión ni la capacidad de cuestionar.
La velocidad tiene ventajas evidentes, pero también puede convertirse en una trampa. La inteligencia artificial nos puede ayudar a encontrar información, organizarla y trabajar con ella. Lo que no debería hacer es decidir por nosotros qué debemos pensar.
Por eso, el debate sobre inteligencia artificial no tendría que centrarse únicamente en qué tan avanzada llegará a ser la tecnología. Es algo que en esta columna hemos planteado y entonces también deberíamos preguntarnos qué tan preparados estamos los seres humanos para utilizarla sin renunciar a nuestro propio criterio.
Sócrates temía que la escritura pudiera producir una apariencia de sabiduría. Hoy podríamos hacernos una pregunta parecida: ¿la inteligencia artificial nos está haciendo más inteligentes o simplemente nos está haciendo más rápidos para producir respuestas?
Teresa González Corona