Las desigualdades sociales, las reformas de la Corona española, las nuevas ideas políticas y una profunda crisis en la monarquía fueron preparando, durante décadas, el terreno para el levantamiento que comenzó en septiembre de 1810. La Independencia de México no surgió de manera repentina: fue el resultado de una serie de acontecimientos que transformaron a la Nueva España y llevaron a distintos sectores de la población a cuestionar el orden colonial.
A principios del siglo XIX, la Nueva España era uno de los territorios más importantes de la monarquía española. La minería, la agricultura y el comercio generaban enormes riquezas, mientras ciudades como México, Puebla, Valladolid, Guanajuato y Querétaro se habían convertido en importantes centros económicos y políticos. Sin embargo, detrás de esa prosperidad existía una sociedad marcada por profundas diferencias económicas y sociales.
Durante el siglo XVIII, la monarquía española impulsó las llamadas Reformas Borbónicas, una serie de medidas destinadas a aumentar el control político y administrativo sobre sus territorios y mejorar la recaudación de recursos. La Corona buscaba fortalecer su autoridad y obtener mayores ingresos de sus posesiones americanas.
Estas políticas provocaron tensiones entre diferentes sectores de la sociedad novohispana. Algunos criollos consideraban que los funcionarios enviados desde España recibían un trato preferencial. Al mismo tiempo, ciertas medidas económicas y fiscales afectaban a comerciantes, propietarios y sectores populares.
Un acontecimiento particularmente importante ocurrió en 1767, cuando el rey Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de los territorios españoles. La Compañía de Jesús tenía una presencia destacada en la educación de los criollos de la Nueva España. Su expulsión causó inconformidad y fortaleció entre algunos sectores la sensación de que las decisiones tomadas desde Europa podían perjudicar los intereses de los habitantes americanos.
Mientras aumentaban las tensiones internas, el mundo occidental atravesaba importantes transformaciones intelectuales y políticas. Durante el siglo XVIII, las ideas de la Ilustración cuestionaron las formas tradicionales de ejercer el poder. Conceptos como soberanía, libertad, igualdad ante la ley y derechos individuales comenzaron a formar parte de las discusiones políticas.
Pensadores europeos como John Locke, Montesquieu y Jean-Jacques Rousseau plantearon nuevas maneras de entender la relación entre gobernantes y gobernados. Aunque la circulación de algunos libros e ideas estaba restringida por las autoridades españolas, estas discusiones llegaron a sectores educados de la Nueva España.
Dos acontecimientos internacionales demostraron, además, que era posible modificar radicalmente un sistema político. En 1776, las Trece Colonias británicas de América del Norte declararon su independencia y posteriormente formaron los Estados Unidos. A partir de 1789, la Revolución francesa acabó con buena parte del antiguo orden político de Francia y difundió principios relacionados con la ciudadanía y la igualdad.
Estos procesos no fueron modelos que los novohispanos simplemente copiaran, pero sí formaron parte de un ambiente internacional en el que la autoridad de las monarquías comenzó a ser cuestionada.
El acontecimiento que aceleró de manera decisiva la crisis política de la Nueva España ocurrió al otro lado del Atlántico. En 1808, las tropas de Napoleón Bonaparte ocuparon España. El rey Carlos IV y su hijo Fernando VII renunciaron al trono durante las llamadas abdicaciones de Bayona, y Napoleón colocó a su hermano José Bonaparte como rey de España.
Después de la crisis de 1808 aparecieron movimientos clandestinos que buscaban cambios políticos. En 1809 fue descubierta la llamada Conspiración de Valladolid, en la actual Morelia. Entre sus participantes se encontraban militares y miembros de sectores criollos que discutían la posibilidad de establecer una junta de gobierno.
En esas reuniones participaron personajes como Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez y Miguel Domínguez, además del sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla. Los conspiradores discutían la creación de un movimiento armado y planeaban iniciar una insurrección. Hidalgo, párroco del pueblo de Dolores, terminaría convirtiéndose en una de las principales figuras de la primera etapa de la Independencia.
Durante la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo llamó a la población de Dolores a levantarse. El episodio, conocido posteriormente como el Grito de Dolores, es considerado tradicionalmente el inicio de la Guerra de Independencia de México.
Lo que comenzó aquella madrugada no significó la independencia inmediata. Por el contrario, abrió un conflicto largo, complejo y violento que se prolongaría durante aproximadamente once años. Hidalgo, Allende, Aldama y otros dirigentes de la primera insurgencia serían derrotados y ejecutados en 1811, pero el movimiento continuaría bajo otros líderes, entre ellos José María Morelos.
Comprender los momentos previos a 1810 permite observar que la Independencia de México no puede explicarse únicamente a partir del Grito de Dolores. Décadas de desigualdad, conflictos entre grupos sociales, reformas de la Corona, circulación de nuevas ideas, acontecimientos revolucionarios internacionales y, especialmente, la crisis de la monarquía española de 1808 crearon las condiciones para el levantamiento.
Dr. Octavio Martínez Camacho
Abogado Penalista Socio del Despacho HMSC.