La semana pasada, estando de vacaciones, me encontraba en una cafetería, estaba llena, las mesas no tenían asientos disponibles, no había silencio; al contrario, el lugar estaba inundado por el sonido constante.
Las voces de las personas se mezclaban con el de las notificaciones, las videollamadas, las palabras, las carcajadas. Esa escena les podría parecer cotidiana y sin mayor relevancia, sin embargo, algo llamó mi atención. El incesante deslizar de dedos sobre las pantallas capturó mi atención de inicio y ello me hizo observar que en realidad nadie en ese sitio, a pesar de estar acompañado hablaba con alguien cercano, todos sin excepción estaban en inmersos y ocupados en sus dispositivos móviles.
Cada mesa estaba ocupada por personas físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes.
Esa escena resume una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Vivimos la época de la hiperconectividad, podemos conversar con alguien al otro lado del mundo en cuestión de segundos, participar simultáneamente en varios grupos de mensajería, compartir nuestra vida en tiempo real y mantener cientos, o incluso miles de contactos en redes sociales.
Nunca habíamos estado tan conectados y, sin embargo, cada vez es más común escuchar que nos sentimos solos.
Ese acompañamiento masivo e incluso global con el que contamos gracias a las tecnologías, no necesariamente nos hace sentir acompañados. Paradójicamente, mientras nuestras posibilidades de comunicación se han multiplicado, diversos estudios muestran que la soledad y el aislamiento social se han convertido en una preocupación creciente para la salud pública porque comunicarnos más no siempre significa relacionarnos mejor porque se resolvió el problema de la distancia, pero no el de la cercanía.
¿Cómo es posible sentirse solo en un mundo que nunca deja de estar conectado?
Durante décadas se pensó que la soledad era consecuencia de la ausencia de personas. Hoy sabemos que no es así. La investigación psicológica y neurocientífica ha demostrado que la soledad no depende de cuántas personas nos rodean, sino de la calidad de los vínculos que establecemos con ellas.
John Cacioppo, considerado uno de los mayores especialistas en el estudio de la soledad, dedicó gran parte de su vida a comprender este fenómeno, sus investigaciones demostraron que una persona puede sentirse profundamente sola aun estando rodeada de familiares, compañeros de trabajo o miles de seguidores en redes sociales.
La soledad, según sus estudios, no es un problema de cantidad; es una percepción subjetiva que aparece cuando sentimos que nuestras relaciones carecen de cercanía, confianza o significado.
En 2023, el entonces cirujano general de Estados Unidos, Vivek Murthy, publicó una advertencia que llamó la atención de la comunidad internacional: la soledad constituye una auténtica epidemia de salud pública y sus efectos sobre el organismo pueden ser comparables a los riesgos asociados con fumar quince cigarros al día.
La Organización Mundial de la Salud también ha comenzado a colocar este fenómeno en el centro de la conversación global sobre todo después de la pandemia, ya que quedó claro que la salud mental no depende únicamente de la ausencia de enfermedad, sino también de la calidad de nuestros vínculos.
La soledad suele confundirse con el hecho de estar físicamente solo, pero la psicología ha demostrado que son conceptos distintos. Los investigadores Daniel Perlman y Letitia Anne Peplau, referentes en el estudio de este fenómeno, la definieron como la experiencia desagradable que surge cuando existe una discrepancia entre las relaciones sociales que una persona desea tener y las que realmente tiene, ya sea por su cantidad o por su calidad.
En este contexto ha comenzado a hablarse de un fenómeno propio de nuestra época: la soledad digital.
Pese a que aún no constituye una categoría clínica formal, diversos investigadores la utilizan para describir la experiencia de sentirse emocionalmente aislado a pesar de mantener una intensa interacción mediante tecnologías digitales.
La psicóloga Sherry Turkle, investigadora del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), sostiene que las tecnologías nos permiten estar permanentemente conectados, pero no necesariamente construir relaciones más profundas. Desde esta perspectiva, la soledad digital no surge por la falta de comunicación, sino por la ausencia de vínculos significativos. Vivimos rodeados de mensajes, notificaciones y conversaciones instantáneas, pero cada vez resulta más difícil encontrar espacios donde exista una escucha auténtica, una presencia plena y una conexión emocional genuina.
Pero tenemos que hacer una precisión fundamental: la tecnología no nos hace sentir solos. Lo que ha transformado profundamente es la manera en que construimos, mantenemos y experimentamos nuestras relaciones.
Nuestra vida social empezó a expresarse mediante métricas: seguidores, reproducciones, visualizaciones, comentarios, alcance y, sin darnos cuenta, convertimos el reconocimiento en una cifra y la convivencia en un indicador de rendimiento.
Bajo ese esquema, quizá el gran reto de nuestra época para trascender la soledad, no consistirá en desconectarnos de internet, sino en volver a tener la capacidad de conectar realmente con las personas que tenemos a nuestro alrededor.
María Teresa González Corona