Morena ya puso en marcha la maquinaria electoral. Aunque en el discurso las llama coordinaciones municipales, la realidad es que el partido, tanto en el ámbito nacional como en el Estado de México, trabaja abiertamente en la definición de los perfiles que buscarán las candidaturas de 2027. Y eso, inevitablemente, acelera los tiempos políticos.
No es un asunto menor. En juego están 125 presidencias municipales, 45 diputaciones locales de mayoría relativa y 40 diputaciones federales. Son 210 posiciones que representan poder territorial, control político, presupuestos y capacidad de decisión. Por eso, aunque todavía falte para las elecciones, la disputa ya comenzó. Ya fue emitida la
Convocatoria para la contienda interna en el ámbito municipal.
La verdad es que cambiarle el nombre a las candidaturas no modifica el fondo del proceso. Las coordinaciones pueden presentarse como una etapa organizativa, pero quienes participan saben que obtener una posición en esta estructura puede convertirse en el primer paso para aparecer en las boletas.
Además, cuando las dirigencias abren registros y comienzan a perfilar aspirantes, los grupos internos entienden que es momento de moverse, negociar y medir fuerzas.
Y es ahí donde aparece el verdadero desafío para Morena. El partido gobierna buena parte del territorio mexiquense y tiene la responsabilidad de demostrar que sus decisiones no obedecen únicamente a la fuerza de sus corrientes internas. ¿Qué pesará más al momento de elegir: el trabajo en las comunidades, los resultados de quienes ya gobiernan, la aceptación ciudadana o la cercanía con las dirigencias?
La pregunta importa porque los municipios no son simples casillas en un tablero electoral. En ellos se resuelven —o se complican— problemas cotidianos como la inseguridad, el suministro de agua, el alumbrado público, la recolección de basura y la movilidad. Un perfil puede tener respaldo político, pero eso no garantiza que conozca las necesidades de su población ni que tenga capacidad para atenderlas. Además, la marca Morena ha estado sometida a un gran desgaste y ahora ya no puede darse el lujo de cometer errores tan graves en la selección de candidatos, necesitan mejores cuadros.
Además, adelantar la competencia tiene costos. Los aspirantes comienzan a construir estructuras, buscar respaldos y ganar visibilidad cuando todavía deberían estar vigentes las responsabilidades de gobierno, y eso ya inició hace muchos meses.
El riesgo es que algunos funcionarios confundan la administración pública con una plataforma de promoción personal y que las decisiones dejen de responder a las urgencias ciudadanas para ajustarse al calendario partidista.
Morena también enfrenta una contradicción: presume una forma distinta de hacer política, pero deberá acreditar que sus procedimientos de selección son transparentes, competitivos y capaces de contener las cuotas de grupo.
Si las coordinaciones terminan convertidas en premios para los más cercanos a las dirigencias, la promesa de participación quedará reducida a un trámite.
El proceso apenas comienza, pero la señal es clara: 2027 ya se instaló en la agenda partidista. La cuestión no es si Morena tiene derecho a organizarse anticipadamente, sino qué criterios utilizará para decidir quiénes lo representarán y a quiénes rendirán cuentas después.
Porque ganar una candidatura puede ser resultado de una negociación; gobernar bien exige mucho más. Y los mexiquenses no necesitan políticos que lleguen antes a la carrera electoral, sino representantes que lleguen preparados para resolver sus problemas. Ese es el reto que ha llevado al olvido a otras fuerzas políticas, hegemónicas en su momento y que, hasta ahora, ninguno ha superado.
Martha González Aguilera