En Chalco volvió a ocurrir lo que ya dejó de ser una sorpresa, la lluvia convirtió calles en canales y viviendas en espacios de emergencia. Durante 71 horas de precipitaciones constantes, vecinos del centro tuvieron que enfrentar el ingreso de agua a sus domicilios, principalmente en avenida Cuauhtémoc y calle Matamoros. Muebles y electrodomésticos quedaron en riesgo, mientras familias achicaban con cubetas y bombas, obligadas a rescatar por cuenta propia lo que pueden de su patrimonio.
La verdad es que ninguna administración puede prometer que jamás habrá inundaciones. La lluvia intensa no se negocia ni existe funcionario capaz de detenerla. Lo que sí puede y debe exigirse es capacidad de prevención, reacción y mantenimiento. Y ahí aparece el verdadero problema de Chalco: una emergencia recurrente que parece sorprender a las autoridades cada temporada.
Los vecinos pidieron unidades Vactor para desazolvar la red de drenaje y presencia de Protección Civil. La respuesta comprometió llegar después de que cerraron la avenida principal, frente a la Clínica 72 del IMSS, como medida de protesta. Primero tuvo que crecer el agua, crecer la desesperación y bloquearse una vialidad para que apareciera una reacción institucional.
ODAPAS informó entonces que los Vactor estaban por arribar y que se atendería, entre otros puntos, la calle Cerrada de Los Reyes. Bien, pero insuficiente si todo queda en apagar el incendio de cada temporada.
Y es que el dato más incómodo no son las 71 horas de lluvia, sino la advertencia de los propios habitantes: esto ocurre prácticamente cada año. Cuando una inundación deja de ser excepcional y se vuelve previsible, ya no puede explicarse únicamente como consecuencia del clima. Hay que revisar drenajes, desazolves, infraestructura, puntos críticos y protocolos de respuesta antes de que el agua vuelva a entrar a las casas.
Además, no se trata sólo de pérdidas materiales. Las calles anegadas complican la movilidad y elevan el riesgo para personas adultas mayores y quienes tienen dificultades para desplazarse. Cada hora sin atención aumenta la posibilidad de que una contingencia meteorológica termine convertida en una emergencia social.
Los tres niveles de gobierno tienen competencias distintas pero para una familia afectada la burocracia sirve de poco. Lo que importa es quién llega, quién bombea, quién limpia y quién evita que vuelva a suceder.
Chalco no necesita discursos sobre resiliencia mientras sus vecinos compran bombas con su propio dinero para sacar el agua de sus casas.
Prevenir todas las inundaciones quizá sea imposible. Ignorar durante años un punto que se inunda cada temporada, no. La emergencia ya puede ser impredecible; la desatención repetida deja de serlo. Y esa es la deuda que las autoridades deben explicar y, sobre todo, corregir.
Martha González Aguilera