Cada 28 de septiembre, el color amarillo y aroma del pericón adorna las puertas, ventanas, parcelas y caminos de distintas comunidades del Estado de México, se trata de pequeñas cruces hechas con estas flores que, según los mismos habitantes protegen sus hogares del mal y que con ello, se mantiene viva una tradición que ha pasado de abuelos a padres y de padres a hijos.
De acuerdo con vendedores de cruces de pericón, esta costumbre comienza con la recolección de las flores que, llegada esta fecha, es utilizada por las familias para elaborar las tradicionales cruces, de todos tamaños.
Con ramas y flores se forman pequeñas figuras que después son colocadas en las entradas de las casas y, en las comunidades agrícolas, en las cuatro esquinas de las milpas.
Más que una decoración de temporada, para quienes conservan esta práctica se trata de una costumbre que forma parte de la memoria de sus comunidades.
Quienes la aprendieron de sus mayores vuelven cada año a repetir el mismo ritual: conseguir el pericón, entrelazar sus ramas, formar la cruz y colocarla en un sitio especial.
“La tradición está relacionada con la víspera de la celebración de San Miguel Arcángel, el 29 de septiembre, y reúne elementos de antiguas prácticas vinculadas con el campo y posteriores tradiciones religiosas”, contó Rogelio García, comerciante de las cruces.
Con el paso de los años, la manera de elaborar y colocar las cruces puede variar de una comunidad a otra, pero permanece la fecha y, sobre todo, la costumbre de reunirse alrededor de una práctica que forma parte de la identidad local.
En algunos hogares, son los adultos mayores quienes enseñan a las nuevas generaciones cómo cortar las ramas y acomodarlas para formar la cruz. Así, un conocimiento que podría perderse continúa transmitiéndose de manera sencilla, dentro de las propias familias.
En los parcelas, las cruces se colocan en las esquinas de los cultivos como parte de una costumbre agrícola que ha acompañado a las comunidades durante generaciones.
Cada año, cuando septiembre está por terminar, las flores amarillas vuelven a ocupar un lugar en el paisaje. No es solamente el pericón el que regresa: regresa una tradición, una de esas prácticas cotidianas que sobreviven porque las familias continúan enseñándolas y repitiéndolas.
Así, entre flores amarillas, cruces hechas a mano y recuerdos transmitidos de generación en generación, las comunidades mantienen vigente una tradición que forma parte de su historia y de su manera de entender y celebrar esta fecha.
Angélica Segura

