El calendario local marca el 27 de agosto no solo como una fecha, sino como el epicentro de la identidad y la fe colectiva. Las calles principales de la cabecera municipal de Almoloya del Río se transformaron en un colosal escenario de devoción popular para celebrar el tradicional Paseo en Honor a San Agustín, una festividad donde lo sagrado y lo profano se entrelazan en un estallido de júbilo, generosidad y herencia cultural.
El cortejo abrió paso entre una multitud expectante bajo el riguroso resguardo del personal de seguridad y Protección Civil. De inmediato, el estruendo litúrgico de la pólvora anunció la llegada de la comitiva principal. Un equipo de custodios y 12 hombres cargados con gruesas de cohetones hacían retumbar el firmamento, rompiendo el aire con destellos que avisaban a los dos barrios que el santo patrón ya caminaba entre su gente.
La solemnidad se vistió de juventud con un contingente de aproximadamente 30 jóvenes mujeres quienes, con paso firme y mirada reverente, cargaban sobre sus manos plantas ornamentales como ofrenda viva. Justo detrás, el corazón espiritual del desfile emergió majestuoso: la imagen de bulto de San Agustín, flanqueado de manera solemne por el Señor de Burgos. La plataforma que los transportaba era un altar flotante, desbordante de flores multicolores que perfumaban el trayecto a su paso. Custodiando la sagrada efigie marchaba la Mayordomía patronal, cuyos miembros, vestidos con un impecable y simbólico color azul, portaban con orgullo los estandartes procesionales mientras contagiaban al pueblo con vítores, todo al compás de las notas marciales y festivas de la banda de música.
El desfile continuó como un mosaico viviente de hermandad religiosa. A la procesión se sumaron la tierna imagen del Niño Dios, los estandartes y los mayordomos de San Miguel Arcángel, quienes marchaban en perfecta comunión junto al Señor de Burgos, San Isidro Labrador y nutridas peregrinaciones. Destacó la presencia de la imagen de San Miguel Arcángel encargada de “la promesa”, la cual avanzaba flanqueada por su propia banda de viento.
La generosidad, pilar de esta festividad, se hizo evidente con la aparición de 45 garrochas que danzaban incansables a lo largo del camino. En un acto de agradecimiento por los favores recibidos, los participantes repartían a la feligresía pan, fruta fresca, tamales y diversos utensilios de plástico para el hogar. El pulso sonoro del paseo cambió de matiz con la llegada de la Mayordomía de los “Lobitos”. La cuadrilla, al son ancestral de la música en vivo de tambor y flauta, ejecutaba danzas tradicionales que evocaban el pasado prehispánico de la región.
El clímax del paseo fue un despliegue de creatividad y algarabía. Una elegante cuadrilla de jinetes abrió paso a un fastuoso desfile de carros alegóricos y tractores con remolques profusamente decorados. La imaginación de artesanos locales cobró vida a través de ingeniosas temáticas; destaca la nostalgia cinematográfica de Up y las peripecias de Lilo y Stitch, hasta la espectacularidad de dinosaurios, princesas, superhéroes, selvas exóticas y un reino de hadas y mariposas.
El orgullo identitario brilló con luz propia en la alegoría de la zona lacustre de Almoloya del Río, que exhibía con nostalgia su emblemática canoa y el característico pato, símbolos de la vida del municipio. Desde los vehículos, una lluvia constante de obsequios caía sobre la multitud: pelotas, dulces, cubetas, escurridores, jarras, macetas y escobas que eran recibidos entre sonrisas y estiramientos de brazos por los asistentes.
Tras recorrer las arterias principales de la cabecera, el contingente arribó a su destino final: la casa del mayordomo. Durante el recibimiento, el ambiente se llena de emotividad con acordes de Las Mañanitas, porras ensordecedoras y lágrimas de fe y cansancio feliz. Las sagradas imágenes fueron descendidas de los vehículos con extremo cuidado. La mayordomía introdujo a San Agustín y a los santos acompañantes hasta el altar de honor preparado en el corazón del hogar.
Para clausurar la memorable jornada, la solemnidad dio paso a la hospitalidad comunitaria. Los mayordomos anfitriones abrieron las puertas para compartir los tradicionales tamales y un reconfortante atole de champurrado. Este banquete de hermandad fue ofrecido con gratitud a las diferentes mayordomías visitantes, a la ciudadanía en general y, de manera original, a los tripulantes que dieron vida a los carros alegóricos. Con el sabor del champurrado en los labios y el eco de los últimos cohetes disolviéndose en el cielo, Almoloya del Río refrendó que su fe, su generosidad y sus tradiciones permanecen inquebrantables al paso del tiempo.
Bricia Maldonado Siles. AMECRON