El Hospital de Santa Fe de la época del Virreinato, con el tiempo, se transformó en el hoy pueblo de Santa Fe de los Altos de México, cuya población está frente al Cerro del Ajusco. El joven Irving Pérez, habitante de Santa Fe, todas las mañanas sale al patio a contemplar detalladamente su estructura caprichosa de rocas y abundante vegetación; el chamaco observa cautelosamente como si buscara “algo”; su pensamiento sobre el Cerro del Ajusco recuerda que se dice que aparecía una calavera, la cual muchas generaciones recuerdan por la tradición oral, se transmite un acontecimiento trágico durante los primeros años del virreinato.
Irving, para comprobar la tradición, acudió al archivo parroquial para indagar la veracidad de los hechos. El señor cura le permitió buscar en los libros parroquiales que constaban los hechos.
El virreinato establecido en la Nueva España; en España gobernaba el rey Felipe IV del 1624 a 1635 y aquí el virrey décimo quinto, don Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralvo, cuya administración no fue tan buena.
Eran los primeros meses del año 1624. Llegó a la población un joven apuesto que parecía copia de David, rubio de ojos azules agradables, gallardo; era un Adonis o un Atis, un Narciso o don Pedro de Alvarado; por lo rubio lo llamaron Tonatiuh; su palacio en el paraje de Retama, cerca de la parroquia y del bosque.
El recién llegado, asistió a la romería donde todas las doncellas españolas, criollas e indígenas, señoras de edad, quedaban asombradas ante la belleza masculina; empero, entre todas, sus ojos se fijaron en dos doncellas cuya mirada chocó con los de doña Águeda, una joven de belleza física envidiable acompañada de doña Eulalia, la cual no tenía las mismas cualidades de belleza. El apuesto galán de nombre Gonzalo, oriundo del pueblo de Bóveda del Toro Fuente de la Peña, cerca de Zamora y Salamanca en Castilla y León. Un día se acercó a doña Águeda, cortejándola con respeto y admiración ante el asombro, coraje, envidia de doña Eulalia, su rostro mostró la mueca de celos y odio hacia su compañera. A la joven pareja, se les veía en los balcones de su casa, mostrando su amor, en ocasiones en la vía pública, en el atrio de la parroquia, en el bosque entre el murmullo del agua de los manantiales y el olor de las flores llamadas hortensias que cubrían los jardines.
Doña Eulalia buscaba la estrategia para desbaratar ese romance. Llegó la Cuaresma. Su “mente” quería la oportunidad de “hacer algo”. Era el Sábado de Gloria; doña Eulalia, astuta como serpiente, se dio el encuentro casual con doña Águeda. Con zalamerías cuestionaba el romance de ambas parejas, preguntó. –¿ Si, de verdad don Gonzalo siente amor hacia ti? –SI,-respondió con timidez.
Lo que aprovechó para engañarla, y le dice con sarcasmo. —Vámonos a la Gruta de la Tecolotera, ahí guardo perfumes. Te doy un frasco para que lo uses y, cuando estés con él, lo huelas y verás que te va a querer más. En el camino me contarás…
Ambas van al campo por las calles empedradas del poblado, encontrándose con los niños gustosos, alegres; gritaban: “¡Vamos, vamos a la parroquia a la quema del Judas!
Era un alboroto de ruido de risas, gritos emocionados, de muecas en los rostros de gusto de ver quemar el pecado, al Judas traidor. Entre la multitud del bullicio, alegría mezclada con la inocencia e ingenuidad de una y la entraña de la otra de coraje, celos y odio.
Llegaron al río, entran provocando el chasqueteo del choque de la arena y las zapatillas. Entre las paredes húmedas cubiertas de lama, varias flores de primavera. Doña Eulalia, trama el momento maquiavélico de acabar con su rival; aquí en la Tecolotera nadie ve.
-Doña Eulalia, ¿qué hacemos aquí? Hay que regresar; su rostro mostraba duda, miedo, su corazón con taquicardia. ¡Vamos, mujer, hay que salir de aquí…regresemos, anda, regresemos!
En ese momento, sus manos cogieron el cuello de doña Águeda, con fuerza como tenazas aprietan. El forcejeo y movimiento de ambas espantan a los tecolotes, que vuelan entre las hendiduras de la gruta para detenerse en lugares altos; en luz tenue, sus ojos miran la violencia de muerte y vida. La mirada de doña Eulalia de odio, su sonrisa como fauces de un cacomiztle, sus manos como tenazas cerraban el cuello de la inocencia, sus ojos abiertos miraban con compasión el rostro de su verdugo.
La agonía desesperada; al mismo tiempo se escuchó el zumbido de los petardos, continuaban entre los gritos de júbilo de la multitud de ver quemar al Judas, el traidor. Doña Águeda, en la agonía desesperada, dijo en tono bajo: “Doña Eulalia, siempre veréis”, mientras sus manos continuaban con su odio. Continuaban con la quema de Judas; se gritaba: ¡Se quemó el Judas, se acabó el pecado!
Doña Eulalia, agitada, sus ropas manchadas de tierra, regresó al poblado y, satisfecha de su hazaña, volteó. ¿Cuál sería su sorpresa que en el Cerro del Ajusco, entre abundante vegetación y rocas, color azul de la distancia vio el rostro de doña Águeda transformándose en una calavera.
Cuentan que por siglos en el Cerro del Ajusco se veía hasta el siglo XX; era una calavera, otros dicen que eran unas cuevas que daban la forma; se dice que siempre se veía; con el tiempo se borró.
Irving Pérez cerró el libro parroquial, pensando: “¿Sería verdad eso? Entonces, ¿por qué José María Velasco no la pintó? En su cuadro Vista del Valle de México, de 18 y tantos, otros pintores no la pintaron; nunca la he visto, pero dicen que sí se visualiza. ¿La neta, será que existió?
Jesús Cortés Tabare. AMECRON.