Entre piedras, arroyos y corrientes de agua, los antiguos lavaderos comunitarios de Tequixquiac conservan parte de la memoria histórica de sus habitantes. Estos espacios, donde durante generaciones cientos de mujeres lavaron la ropa de sus familias, fueron también puntos de encuentro, convivencia y transmisión de historias que hoy forman parte de la identidad de la comunidad.
En el barrio de San Mateo se encuentran dos de los lavaderos más emblemáticos del municipio: uno en el paraje conocido como El Salto y otro en El Vije. Ambos surgieron del aprovechamiento de los escurrimientos naturales que atraviesan esta región y que durante décadas abastecieron distintas necesidades domésticas.
De acuerdo con Gerardo García, cronista urbano, escultor y pintor de Tequixquiac, el origen de estos espacios está ligado a los arroyos Palo Grande, El Vije, Gumixa, El Tecolote, El Pocito y El Saladito, entre otros cauces que forman parte de la cuenca endorreica del municipio.
Comenta que las mujeres lavaban directamente sobre las piedras a la orilla del agua. Con el paso del tiempo, se construyeron lavaderos elevados para facilitar la labor. Su antigüedad se remonta, según los registros de infraestructura regional, a finales del siglo XIX o principios del XX.
La rutina comenzaba con largos recorridos de mujeres acompañadas de sus hijos. Mientras ellas tallaban y enjuagaban las prendas, los pequeños convivían y jugaban en los alrededores. El agua se transportaba hasta las viviendas en castañas colocados sobre burros para cubrir las necesidades de los hogares.
“Acarrear el agua era un reto porque no había agua corriente y lavar era una tarea pesada que consumía energía”. Refiere Gerardo.
Más allá de su función práctica, los lavaderos se convirtieron en espacios de convivencia femenina, donde se compartían experiencias, preocupaciones, relatos y leyendas. El sonido del agua y las conversaciones entre vecinas construyeron una postal cotidiana que permaneció en la memoria de distintas generaciones.
Sin embargo, el crecimiento urbano y las intervenciones realizadas a lo largo de los años modificaron la imagen original de estos espacios, particularmente en El Vije.
Habitantes del barrio de San Mateo recuerdan que, durante la década de 1990, se construyó una cancha de basquetbol y posteriormente la corriente natural fue sustituida por un depósito que funcionaba como alberca. También se concluyeron instalaciones que inicialmente operaron como centro comunitario, pero que con el tiempo quedaron abandonadas y, según los testimonios vecinales, fueron invadidas.
Estas modificaciones alteraron la configuración del paraje y redujeron los vestigios de los lavaderos originales. Vecinos consideran que las intervenciones también afectaron el entorno natural que caracterizaba al lugar.
Recientemente, el Gobierno del Estado de México destinó una inversión de 17 millones de pesos para transformar el sitio en un espacio recreativo con alberca y lavaderos modernizados.
Aunque la rehabilitación busca ofrecer nuevas instalaciones para la población, habitantes de la zona señalan que el lugar ya no conserva la imagen de antaño, cuando las mujeres aprovechaban directamente la corriente natural para lavar sus prendas.
“Estos rinconcitos tan maravillosos donde se aprovechaba el agua filtrada de los mantos eran una postal viva generadora de historias, leyendas, fantasía, por supuesto convivencia y recreación, y dejan a las generaciones un pedacito de historia”, expresó un poblador de San Mateo.
Así, entre las nuevas instalaciones y los recuerdos de quienes conocieron su antiguo esplendor, los lavaderos comunitarios de Tequixquiac permanecen como testimonio de una época en la que la piedra y el agua no solo facilitaban las tareas del hogar, sino que también daban vida a espacios de encuentro y memoria colectiva.
Acela Montaño
