La UNAM atraviesa una de las crisis más delicadas de su historia reciente. Cuando una institución que representa el mérito académico pone en duda el examen que decide quién entra y quién queda fuera, el problema deja de ser administrativo. Se convierte en un asunto de confianza pública.
Entre el 23 de mayo y el 10 de junio, la Universidad aplicó por primera vez su examen de licenciatura completamente en línea. Participaron 158 mil 712 aspirantes, de 191 mil 306 registrados; 21 mil 962 obtuvieron un lugar por concurso. La UNAM reportó 1,117 exámenes bloqueados y la cancelación del proceso de ingreso de alrededor de 2 por ciento de quienes presentaron la prueba.
La magnitud se entiende con una cifra: 158 mil 712 personas confiaron en un sistema nuevo para competir. Si el método no puede acreditar que midió conocimientos en condiciones equivalentes, la respuesta no puede reducirse a un ajuste técnico. Está en juego la igualdad de quienes llegaron al examen después de meses de preparación.
El problema estalló después. El 17 de julio, al conocerse los resultados, surgieron cuestionamientos por incrementos inusuales en los puntajes de algunas carreras, fallas técnicas y la posibilidad de que ciertos aspirantes utilizaran inteligencia artificial, dispositivos o ayuda externa. Y es que una plataforma diseñada para blindar la evaluación terminó bajo sospecha.
El rector Leonardo Lomelí ordenó revisar el proceso y creó una Comisión Técnica. Después, la Universidad suspendió provisionalmente las inscripciones. La salida planteada fue un examen presencial de control para quienes inicialmente fueron seleccionados y para quienes alcanzaron, en 2026, un puntaje igual o superior al menor registrado para esa misma carrera, plantel, sede y modalidad entre 2021 y 2026.
Es una salida incómoda y revela la dimensión del problema. No todos repetirán la prueba, aunque miles tendrán que demostrar nuevamente algo ya demostrado. El costo no es solamente económico. Además, la Universidad debe emplear recursos para corregir un procedimiento que debía ofrecer certeza.
La verdad es que la UNAM perdió algo que ninguna tecnología puede recuperar por sí sola: confianza. No basta decir que la mayoría presentó el examen sin problemas. En un concurso donde una sola trampa puede desplazar a otro aspirante, la integridad del sistema completo importa.
Aquí no hay margen para esconderse detrás de comunicados. La Universidad debe explicar qué falló, cuánto costó el experimento digital y por qué sus controles no fueron suficientes.
La UNAM está bajo la lupa. A estas alturas ya no puede seguir entrampada: debe avanzar, corregir y asumir responsabilidades. Porque si el examen que abre la puerta deja de ser confiable, también se resquebraja la idea de mérito que la ha distinguido.
Martha González Aguilera