El Mundial de Futbol 2026 dejó una lección dura: entre la euforia de los anuncios y la realidad de las cifras existe una distancia que no puede maquillarse con discursos. Autoridades y empresarios, no solo los locales, sino también los nacionales, apostaron por un impacto económico extraordinario, pero los resultados finales quedaron por debajo de las expectativas. No fue un fracaso absoluto, sería injusto afirmarlo, aunque tampoco representó el detonante económico que durante meses se anticipó. La verdad es que los números terminaron por imponer su propia narrativa.
El balance reporta una derrama económica de 2 mil 543 millones de pesos, equivalente a siete por ciento menos de los 2 mil 734 millones proyectados. La aportación al Producto Interno Bruto apenas alcanzó 0.12 por ciento, inferior al 0.14 esperado. Además, los empleos temporales llegaron a 101 mil 255, casi once mil menos de la meta inicial. Son diferencias que obligan a revisar qué falló entre la planeación, la promoción y la coordinación institucional.
El dato más preocupante aparece en el turismo. Se esperaban 836 mil visitantes mundialistas y únicamente llegaron 494 mil, una reducción de 41 por ciento. Esa ausencia impactó de inmediato al hospedaje, cuya derrama cayó de una expectativa de 614 millones de pesos a apenas 328 millones, un desplome de 47 por ciento.
El transporte tampoco alcanzó las previsiones, con una baja de 28 por ciento, mientras la gastronomía registró 584 millones frente a los 728 estimados. Incluso el consumo en bares y restaurantes quedó 21 por ciento debajo de lo calculado.
Las cifras del propio sector restaurantero retratan mejor la realidad. Solo uno de cada diez establecimientos recibió turistas relacionados con el Mundial y apenas cinco de cada diez transmitieron los partidos. Cerca de 70 por ciento de los consumidores gastó entre 400 y 600 pesos por visita. Es decir, el entusiasmo deportivo no logró traducirse en una ocupación masiva ni en un consumo extraordinario.
Además, el contraste con el comercio resulta revelador. El retail superó la expectativa en diez por ciento, al pasar de una proyección de 395 millones a 433 millones de pesos. Eso demuestra que el consumo existió, pero se concentró en segmentos específicos, sin irradiar beneficios de manera equilibrada. Y es que un evento de esta magnitud requiere estrategias capaces de distribuir el flujo económico, no solo atraer visitantes.
Datos del INEGI muestran que el turismo aporta alrededor del 8.6 por ciento del PIB nacional mediante el consumo turístico interno, mientras la Cuenta Satélite del Turismo confirma su peso como generador de empleo y actividad económica. Precisamente por eso resulta inevitable preguntar por qué un acontecimiento de escala mundial produjo un efecto tan limitado en varios sectores estratégicos.
Quizá faltó coordinación. Tal vez las proyecciones nacieron del entusiasmo más que del análisis técnico. Lo cierto es que las expectativas desbordadas terminan por convertirse en un costo político cuando la realidad llega con la factura en la mano. Los grandes eventos no deben medirse por la espectacularidad de su inauguración, sino por los beneficios concretos que dejan. En esta ocasión, el marcador económico quedó lejos del resultado que durante meses se prometió.
Esto es preocupante, porque con la expectativa se habría logrado que al menos el año no cerrara en números rojos para el sector turístico, en especial el restaurantero, en un año que ha sido particularmente difícil.
Martha González Aguilera